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Full text of "Desde mi butaca : impresiones de teatro, 1892"

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UNO DE LA-PLATEA- 



DESDE MI BUTACA 



PRIMERA §ÉRIE 




MONTEVIDEO 

IMPRENTA DE LA «ESPAÑA MODERNA» 

Calle !.° de Mayo núm. 17 

Enero, 1894 



MUEBLERÍA 



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11 B 



Avisamos al público y particularmente á nues- 
tra numerosa clientela, que en este estable- 
cimiento, encontrarán un magnífico y e! 
gante surtido de artículos de bazar. 




[Iiiml 



Gran variedad il- 
ion» 

Francia., de Norte-An 
establecimiento. 

Especialidad en tapia 
broc 

de algodón; nos encarj 
por importante^y delicado 

Se aceptan ordene 
venden barni 
madera de vari;: 

filetean y doran mueb R<'i 

timos por nuestra rúenla 
estaciones del interior. 

CALLE 18 DE JULIO, NÚMERO 245 

ENTRE RÍO NEGRO Y '. 

RICARDA >ADA. 

1VE ONTEVIDEO 






'4) 



DESDE MI BUTACA 



UNO DE LA PLATEA 



DESDE MI BUTACA 



(IMPRESIONES DE TEATRO) 



189S 



PRIMERA SERIE 




MONTEVIDEO 

IMPRENTA DE LA ((ESPAÑA MODERNA» 

Calle 1.° de Mayo núm. 17 

Enero, 1894 



( Á telón caído) 



E 



'ste libro no irá á la venta, y es por eso, 
precisamente, que se atreve á ver la luz. 

Un célebre humorista inglés, — creo que se 
llamaba Fielding ó cosa así, — ha dicho que 
un autor es como un fondista que dá de co- 
mer á cada cual por su dinero, y que está 
obligado, poroso mismo, á satisfacer el pa- 
ladar de sus comensales. Otra cosa sería, — 
agrega — si no cobrando nada por su libro, 
pudiera ser considerado como un particular, 
que invita á comer á sus amigos, y les sirve 
el menú que mejor le parece, sin que ellos, 
por política ó por educación, puedan hacer 
otra cosa que demostrar su agradecimiento. 

Pues bien: esta vez al menos, estoy en el 
caso del que invita y del que no cobra. Olrez- 
co gratis el amore los pobres platos de mi 



— 8 — 

modesta mesa literaria. Por eso no temo que 
el gusto demasiado exigente de los críticos 
diga de alguno que es demasiado soso, de 
otro que le ha sobrado punto y sazón, y de 
un tercero, que se atraganta de puro mal 
cocido ó mal condimentado. «A caballo rega- 
lado no se le mira elpelo)), según el refrán 
del paisano, «ni se le miran los dientes» se- 
gún la locución generalizada en el Norte de 
Europa. 

Revisando los artículos de esta colección, 
me he encontrado con que ni siquiera pue- 
do decir de ellos, como Marcial de sus epi- 
gramas, que «algunos son buenos, muchos 
regulares, y muchísimos malos». Sincera- 
mente, debo confesar que bueno, lo que se 
llama bueno, no he encontrado ninguno. En- 
tonces «cpara qué volverlos á publicar?» 
preguntarán ustedes y con visos de razón. 
Pues.... por un montón de motivos. 

El primero, parce que cest mon bon ftlaisir, 
(y con éste tal vez sobran todos los demás). 

El segundo, porque está en el orden natu- 
ral de las cosas que la paternidad sea una sa- 
tisfacción para el espíritu y un halago para la 



vanidad ó el amor propio. Hay hombres que 
tienen hijos, feos, contrahechos, idiotas, y 
sin embargo, se sienten muy orgullosos, por- 
que está bien vista la sola circunstancia de 
tenerlos. Lo mismo sucede en literatura : el 
que ha escrito un libro, aunque sea malo, ha 
dado con ello prueba de fuerza y de virilidad 
intelectual; puede sentirse satisfecho, por- 
que ha realizado obra de varón, lo que no es 
poca cosa, en estos países nuevos, que en 
materia de literatura cuentan tan pocos hom- 
bres capaces de demostrar su mascalinidad. 

El tercer motivo (y este es el único serio), 
es que los artículos contenidos en este vo- 
lumen pueden ser todo lo malos ó lo insig- 
nificantes que se quiera, pero pueden llegar 
á tener, reunidos, una utilidad mas ó menos 
grande. 

Me explicaré. 

Es indudable que entre todas las manifes- 
taciones artísticas, la que ha obtenido un des- 
arrollo más grande en esta parte de América, 
es el espectáculo teatral, tal vez porque, al 
condensar y sintetizar en sí los esfuerzos de 
todas las artes, adquiere un interés más fuer- 



— - 10 — 

te y complejo, que por si solas no tendrían 
ni la pintura, ni la poesía, ni la música. Sien- 
do el vulgarizador más eficaz de los adelantos 
estéticos, el teatro se halla, por eso mismo, 
más próximo al nivel vulgar de las nociones 
artísticas del público. Roncamos oyendo una 
melodía de Haendel ó uña fuga de Bach, pero 
nos entusiasman aun El Trovador y La Tra- 
viata ; no somos capaces de leer por en- 
tero un poema de Víctor Hugo ó de Car- 
ducci, pero nos conmueve hondamente el 
verso rimbombante de Camprodón ; nos que- 
damos en ayunas sobre el mérito de un 
buen cuadro, — de un Chaplín, de un 
Bonnat, de un Bougercau, de un Pradilla, — 
pero nos sentimos deslumhrados por los te- 
lones que traza Bussato para la exportación, ó 
por las decoraciones que pintan sobre papel 
los escenógrafos de Milán, por sesenta tiras, 
comprendidos bambalinas y bastidores. 

Pero por lo mismo que el teatro es nuestra 
única pasión artística, ha adquirido en los úl- 
timos años, en el Río déla Plata, una impor- 
tancia extraordinaria. Casi se podría afirmar 
que no existe capital europea que pueda pa- 



— li- 



garse el lujo que se dan anualmente Buenos 
Aires y Montevideo, congregando en sus es- 
cenarios alas mayores celebridades del arte. 

En estos últimos diez años, han desfilado 
por delante de nuestros públicos, Sarán Ber- 
nhardt, la Patti, la Duse, la Tessero, laTheo- 
dorini, la Gabbi, la Pantaleoni, la Ferni, la 
Stahl, la Scalchi Lolli, la Borghimamo, la 
Dalty, la Judie, la Zelo Duran, la Giagnoni , 
la Pía Marchi, la Pezzana, la Tubau, la Gini 
Pizzorni, la Reiter, la Lender, la Pettigiani, 
la Leonardi, Tamagno, Massini, De Negri, 
Boudoresque, Stagno, Marconi, Engel, Goc- 
quelin, De Lucia, Maurel, Novelli, Emanuel, 
Calvo, Kaschmann, Battistini, Castelmary, 
Tamburlini, Vico, Valero, Menotti, Gabrie- 
lesco, Pasta, Garces, Zamacois, xMilzi, y unas 
cuantas eminencias más ; es decir, todo lo 
que ha descollado, todo lo que se ha desta- 
cado en cualquier género,. ya serio, ya cómi- 
co, ya dramático, ya lírico, ya grande, ya 
pequeño, ya sublime, ya sencillamente bufo 

Han venido á estos países, en mucha parte 
por nuestro dinero, en aJgüña, (aunque muy 

P e q^' 



Pero, sea de ello lo que íuere, lo cierto es 
que nos han rendido el tributo de su talento, 
de sus csccpcronales condiciones, de su maes- 
tría en el arte. 

De algunos — y no los menos célebres por 
cierto — hemos obtenido las primicias del ge- 
nio, la virginidad déla gloria. La íuerza im- 
pulsiva del éxito que les ha dado un nombre 
universal, salió, para Gayarre, del teatro Colón 
de Buenos Aires; para la Duse y la Pantaleo- 
ni, del teatro Cibils de Montevideo. 

Hemos oido á Mascagni antes que Viena ; á 
Wagner antes que París. 

Mientras Italia apenas conoce á los princi- 
pales artistas franceses, y Francia ignora los 
méritos de los más eminentes intérpretes ita- 
lianos, nosotros hemos hecho juicio acerca 
de unos y otros, los hemos apreciado y los 
hemos comparado con los artistas españoles, 
alemanes é ingleses. 

Para algo somos naciones cosmopolitas 
jqué diablos! 

Sentado el hecho de que la vida teatral en 
el Río de la Plata no c ninguna otra en 

im -lia 



- i 3 - 

tener su crónica anual, donde aparezcan con- 
signadas sus más notables efemérides? 

Por eso creo que la publicación de estos 
artículos tiene su utilidad, considerándolos 
únicamente como crónica de la vida teatral 
montevideana. 

Sino por la forma, pueden hacerse leer por 
el asunto que abordan. 

Si todo lo que atañe á ciertas personalida- 
des originales del teatro, provoca una intensa 
curiosidad y despierta un punzante interés, 
en las recopilaciones anuales que inicio con 
este volumen, esa curiosidad y ese interés 
pueden quedar satisfechos. 

i^n mi libro de memorias hay mucha anéc- 
dota interesante, mucho detalle curioso, mu- 
cha historia inédita, referente á más de cua- 
tro encumbradas celebridades. Todo eso— lo 
publicable, por supuesto — irá apareciendo 
poquito á poco. 

Si en este volumen doy un lugar preferen- 
te á loque he visto y oído desde mi butaca , 

justo será que reserve un rinconcito para lo 
que he yj \ h en' 



— 14 - 

camarines. No será, ciertamente, lo de menos 
interés. 

Coulissier empedernido, tengo la preten- 
sión de conocer como pocos la escena por 
dentro. La vida del teatro, como la vida 
de imprenta , tienen atractivos que son 
imán irresistible para ciertos espíritus. En 
cuanto á mi, sé decir que cuando los teatros 
entran en el período de vacaciones, siento la 
nostalgia de las tablas y echo de menos las 
decoraciones polvorientas, la luz de la ba- 
tería, el movimiento de los cordajes, las voces 
de los maquinistas, el subir y bajar délos 
rompimientos, la turbamulta de los coristas 
y 'comparsas, todo ese bullicio de colmena 
alborotada que no se oye sino del otro lado 
del telón de boca. 

De esas glorias de la escena que he men- 
cionado poco antes, he conocido á muchas y 
he tratado intimamente á algunas. 

Dice un antiguo proverbio que «no hay 
hombre grande para su ayuda de cámara». 
Podría decirse, parodiándolo, que no hay, 

celebridad seria p 
c a , 



A cuántos y á cuántos no he admirado des- 
de lejos, á la luz convencional de la escena, 
seductores bajo la capa de los polvos y el 
colorete, deslumbrantes con sus galas y sus 
oropeles, que luego, en la intimidad, me han 
parecido tan pequeños, tan mezquinos, tan 
raquíticos, como antes me parecieron grandes 
é imponentes! 

En esc sentido , me he ciado cada chasco 1 

He conocido un distinguido intérprete de 
Iíamlet, que no sabía escribir y apenas leer 
medianamente de corrido. 

lie conocido una Margarita que cantaba de 
modo ideal el aria de las joyas en el Fausto, 
y sin embargo... se sonaba las narices con 
los dedos. (Esto será una porquería, pero es 
rigurosamente histórico). 

Me penetrado en el manejo misterioso de 
los fietiU~pot\ns del teatro: de las envidias, 
de las rivalidades, de los pequeños rencores, 
de las bajas intrigas, de la calumnia que co- 
mienza come un vcnticcllo y concluye por es- 
tallar corno una tromba, de las cabalas que 
se resuelvo!] para la víctima en tempestad de 
silbidos, de los aplausos comprados, y de las 



- i6 - 

ovaciones preparadas. La definición de la vi- 
da íntima del teatro está contenida en tres 
palabras : farsa, falsedad y mentira. 

Pero mientras llega el momento de publi- 
car la parte anecdótica de mis recuerdos tea- 
trales, me contento con dar á luz por ahora 
la parte menos interesante, de mis impresio- 
nes como espectador y como cronista. 

Y aquí debo hacer una advertencia. 

Estos artículos no deben ser considerados 
como de crítica, por la sencilla razón de que 
ni soy, ni pretendo pasar por critico. 

Critico, para mi, es sinónimo de fustiga- 
dor ensañado, de escudriñador mezquino, 
de pedante insoportable. Un crítico, que bus- 
ca ansiosamente la falla de una obra de arte, 
me hace el efecto de un perro rastreando una 
perdiz, para verde darle una dentellada. 

Para mi no son críticos ni Luciano, ni Ho- 
racio, ni Plinio, ni Boileau, ni Fontenelle, ni 
Diderot, ni Sainte-Beuve, ni Taine, ni Schle- 
gcl, ni Larra, ni Revilla. Esos son sabios, 
escritores eminentísimos, altas intelectuali- 
dades capaces de amar lo bello y de aplaudir 
lo grande, 



Sé que me aparto de la acepción que la 
Academia española dá á la palabra crítico , 
pero c qué le he de hacer?... No me entra en 
el caletre que pueda ser crítico el que no tie- 
ne por sistema clavar los dientes en la repu- 
tación agena. Chapelain, Cotin, Frerou, La 
Harpe, Mirecourt, Barbcy d'Aurevilly, Ca- 
ñete, Antonio de Valbuena: esos son buenos 
críticos, cortados todos por el patrón de Zoilo- 
Yago, el malvado, dice, con razón: «No soy 
mas que un crítico». 

Hubo un tiempo en que también yo aspiré 
á hacer crítica teatral, á juzgar las obras y 
los intérpretes con arreglo á un criterio fijo, 
á las leyes de la estética, y á los principios 
del arte. 

Pero busqué el criterio, la ley, el principio 
en que apoyarme para dogmatizar ex-cathedra 
de un modo absoluto, y no los hallé. Miento : 
los hallé á docenas, y por eso mismo me que- 
dé más perplejo. 

En estas cosas de literatura y arte, cada 
maestrito tiene su librito, como vulgarmen- 
te se dice. ¡Échese usted á averiguar quién 
está en lo cierto, en medio de tanta opinión, 



^ ig — 

encontrada y de tantas teorías que anclan á 
pescozones por esos mundos de la crítica í Lo 
que resulta, es que cuanto más aprende uno, 
más se convence, como el viejo Sócrates, de 
que nada sabe. Y para llegar a ese conven- 
cimiento, léase usted la Estética de Aristóte- 
les, y la de Hegel, y de ñapa la de Veroní 
¡ Quémese usted las pestañas para saber si es 
Yillemain, ó Saint-Leuve, ó Taine, ó Guyau. 
ó Hennequin, ó Brunetiérc, ó Yogué, quien 
está más lejos de lo razonable y de lo verda- 
dero ! 

La crítica- tal como pretende ser, absoluta 
é inflexible, tiránica y dogmática — no existe 
ni puede existir. Los críticos del día no son 
sino impresionistas. 

Ya no se dice: «tal obra es buena ó mala, 
tal artista es sublime ó detestable, con arre- 
glo átales y tales preceptos de arte.» Se cii< 
«tal obra me gusta ó tal actor me disgusta, 
porque, en concepto mío, las cosas deben ha- 
cerse de esta ó de la otra manera». 

Esto es más prudente, más seguro, y... 
más modesto. 

1 sobre todo, cualquiera tiene el derecho á 



— i 9 — 

ser un impresionista, mientras que muy pocos 
podrán oficiar de pontífices de la estética. Me 
decido, pues, á ser impresionista , á comunicar 
al público mis impresiones, y especialmente 
las agradables, tratando de distraer en vez de 
enseñar, y contentándome con hacerme leer, 
si eso es posible, que no será poca cosa. 

« Todos los géneros son buenos, menos los 
que aburren, » ha dicho un famoso escritor 
que más de una vez me ha hecho dormir, lo 
que no obsta para que la frase encierre una 
verdad como un templo. 

Y como este prólogo que pongo aquí á guisa 
de sinfonía previa, tiene ya las proporciones 
necesarias para figurar en el género fasti- 
dioso, me parece conveniente poner punto 
final. 

Enmudece, pues, la orquesta, y... se levan- 
ta el telón. 






DE LA PLATEA 



Oí>í)SA EN SOLIS 

(la mancini— oxilia) 



ip, 



or finí... Solís ha abierto anoche sus 
puertas después de un descanso tan largo que 
ya amenazaba eternizarse. Los viejos habilites 
de nuestro primer teatro se miraban ayer las 
caras, al encontrarse de nuevo en sus localida- 
des de siempre, con cierta expresión de agrado 
y de sorpresa. Arrellenándosc en los cómodos 
sillones, demostraban encontrarse como nun- 
ca á gusto en la hermosa sala, y algunos con- 
templaban enternecidos los retratos tantas 
veces vistos del ftlafond, con cierta tendencia t 
en medio de su entusiasmo, á encontrarles un 
mérito artístico hasta anoche ignorado. 

Regular concurrencia había en la sala: ocu- 
paba más de medio teatro. Bastantes familias 
conocidas en palcos y platea y una cazuela 
muy agradable. El primer acto de Lucia pasó 
sin novedad. La compañía resultó ser de paco- 
tilla, — ¡ya me lo esperaba! — y se presentó á 
nuestro público con bastante temor, como si 



«=x 24 **" 

tuviera conciencia de los riesgos de su audacia. 
Pollero estaba enfermo (como lo hizo saber al 
público por medio de unos cartehtos), y el 
tenor Bello lo parecía. Sólo la Mancini se hizo 
oír con agrado, impresionando favorablemente 
al público con su voz bien timbrada, su discre- 
to modo de cantar y su apropiada acción dra- 
mática. 

El hielo se rompió al segando acto. Una 
salva de aplausos saludó el final del quinteto, 
satisfactoriamente cantado. Bello y Pollero 
parecían entraren caja; y la Mancini, empeña- 
da engañarse al público, mostró que era digna 
de cantar en nuestro primer teatro. Confirmó 
esta opinión en el famoso Rondó, que inter- 
pretó con verdadero talento musical. 

Es lástima que las notas más agudas de esta 
actriz no sean lo bastante dúctiles para la afili- 
granada labor de agilidad y vocalización que 
exige esa admirable página de Donizzeti. Por 
lo demás, la Mancini se hizo aplaudir con jus- 
ticia, y nosotros acompañamos al público en 
sus manifestaciones de agrado, que fueron 
causa de que la actriz saliera tres ó cuatro ve- 
ces á la escena. 



j^A-Noche ha reaparecido Oxilia, nuestro 
gran tenor, después de una larga temporada 
de descanso. Su presentación ante el público 
de Solisha sido un verdadero triunfo. No han 
quedado defraudadas las esperanzas de los que 
lo oyeron cantar admirablemente en el ensayo 
de antenoche; por el contrario, las han visto 
superadas con exceso en la representación de 
ayer. 

Si en la ftrova—á. causa sin duda de haber 
repetido la Siciliana accediendo al insistente 
pedido de unos cuantos amigos, — tuvo el te- 
nor la desgracia de que su voz se velara, ano- 
che no sucedió tal cosa. Más prudente, el ar- 
tista no se dejó seducir por las explosiones de 
aplauso que atronábanla sala, y fué resultado 
de esa prudencia el que cantara su parte de 



~ 26 

Turiddu, en Oavalleria Rusticana, como no la 
cantará nadie ya en nuestros teatros. 

Voz suficiente, arte infinito, talento deinter- 
pretacion extraordinario, forman el caudal que 
Oxilia nos exhibió anoche, y que hacen de él, 
pese á sus enemigos y detractores, uno de los 
grandes cantantes del mundo entero. Parecerá 
esta opinión un extravio á los que lo han oido 
alguna vez en un mal momento, pero no to- 
mará de nuevas, seguramente, á aquellos que 
sigiendo con interés su carrera artística en 
Montevideo, han sorprendido los felices cuar- 
tos de hora del gran tenor en el Sfiirlo gentil 
de Favorita, en el terceto de Lucrecia, y en el 
acto último de Ótelo. 

Pero ninguno de esos triunfos equivale al 
de anoche, que ha sido sin duda elmáscxpon- 
taneo, el más sincero y el más estruendoso da 
los que ha obtenido Oxilia. Nunca hemos vis- 
to crecer tanto á un artista, como creció ayer 
ante el asombrado público esc tenor que des- 
pués de cantar el Brindis de una manera tan 
primorosa como original, abordó el gran dúo 
de la despedida como un coloso, empleando 
un verdadero raudal de voz, y haciendo lujo 



— 27 — 

de arte exquisito en ciertas frases, y de senti- 
mental delicadeza ó genial inspiración en 
otras. El público, absorto primero, electrizado 
después, estalló en una ovación atronadora y 
unánime. De la clamorosa platea, del atestado 
paraiso, no brotó mas que un solo grito, un 
¡Bravo! grandioso, proferido á la vez por mil 
voces que un mismo entusiasmo ponía al uní- 
sono. 

((Los muertos que vos matáis gozan de bue- 
na salud» podría decírsele á más de uno que se 
ha complacido en proclamar, desde hace tiem- 
po, que Oxilia era un difunto del Arte. 



Bft&MA 



(LA TIOZZO — CÚNEO) 



V_Aon una comedia de Ciccone se estrenó 
ayer en Solis la compañía dramática italiana 
que dirijo el primer actor señor Cuneo. La 
pobreza de la obra representada, lo exiguo de 
su interés, lo vulgar de sus gastados recursos, 
no fueron, como podría suponerse, desventajo 
sas circunstancias para los artistas debutantes. 
Por el contrario, la rancia vetustez de esa ex- 
humación del osario romántico que se llama 
La Rivincita, sirvió en cierto modo de con- 
traste á una interpretación sobria, correcta, y 
completamente moderna. 

El mayor elogio que puede hacerse de la 
compañía Módcna, es constatar que representa 
victoriosamente obras como la de Ciccone, sin 
que el público se aperciba demasiado de que 
son detestables. Por eso es que hablan bien 
alto a favor del talento de la señorita Tiozzo y 
del cuadro artístico que la rodea, los nutridos 



— 32 — 

aplausos que han premiado sus esfuerzos du- 
rante toda la representación de la Rivincita, 
obra que no tiene mas mérito que el de ser de 
una moralidad digna del catecismo de Astete. 
Es esa, sin duda alguna, una condición alta- 
mente recomendable, pero así como la virtud 
impecable de Arístides llegó á fastidiar á sus 
compatriotas los atenienses, la intachable mo- 
ralidad de La Rivincita logra aburrir á una 
gran parte del respetable público. 

El conjunto de la compañía Módena, por lo 
que se ha podido juzgar en las dos primeras 
representaciones, es muy satisfactorio, y su- 
perior tal vez al de otras compañías que han 
venido precedidas de más fama y acompañadas 
de más pretensiones. Cierto es que no se desta- 
ca de ese conjunto la fulgurante personalidad 
de un astro artístico de primera magnitud como 
Salvinió como la Duse, pero no se lespuede ne- 
gar — tanto ala señora Tiozzo como al señor Cu- 
neo, principales figuras de la compañía — muy 
positivas y sólidas condiciones dramáticas, y 
algunas de tan raro mérito, que los separan de 
la generalidad, elevándolos sobre el nivel délo 
que vemos todos los dias. 



a señorita Tíozzo es una lisura artística 
con caracteres originales y propios. No se pa- 
rece — ¡qué esperanzas! — niáSarah Bernhardt, 
niá la Duse, ni á la Reiter: pero en cambio es 
una actriz que solo se parece a sí misma. Pue- 
de decir como Mussct: mon verrc est pe til, 
maisje bois dcnis mon verre! No posee, corno 
las nombradas, ese caudal de estudio que sirve 
muchas veces de lastre para evitar que la ins^ 
piracion se pierda en las nubes, pero es impo- 
sible negar, por otra parte, que tienen algo de 
soberanamente hermoso los arrebatos de pa- 
sión indómita con que arrolla la señorita Tio- 
zzo las grandes dificultades en los momentos 
supremos de un drama. Y aunque, por lo ge- 
neral, es una artista que persigue más el efec- 
to que la verdad, hay instantes en que su ins- 
piración la aleja de esa tendencia, en que se 
impregna, por decirlo así, de la realidad de las 

2 



— 34 — 

cosas, y entonces es cuando la Tiozzo revela 
todo su poder, imponiéndose al público por 
medio de la voz vibrante y cálida, del gesto 
apropiado y nervioso, de la expresión exacta y 
de la emoción comunicativa. Anoche tuvo 
muchos de esos fulgores felices en la interpre- 
tación de Alaria Ánionicta; lo corroboran las 
múltiples llamadas á la escena de que fué ob- 
jeto durante el drama de Giacometti. 

En cuanto al primer actor Cuneo, es siem- 
pre el mismo artista de gusto, correcto, estu- 
dioso y enamorado de la verdad, que he 
aplaudido otras veces. .Ale parece que ha pro- 
gresado y que cada vez se aproxima mes á la 
interpretación sencilla y natural de los grandes 
maestros del teatro contemporáneo. ¡Lástima 
que de la naturalidad á la monotonía no haya 
mas que un paso, para ciertos actores! — Lotti 
ha adelantado también: es hoy en dia un ex- 
celente característico, que puede triunfar aun 
en papeles tan difíciles y tan delicados como 
el de Luis XVI, en el cual provocó anoche 
lágrimas y aplausos del numeroso público 
que llenaba la sala de Solis. 



jOi el aforismo de Aristóteles « la vicia es 
movimiento,» tiene en el teatro tanta verdad 
como fuera de él. la obra de clon Nicolás Gra- 
nada estrenada anoche en Solis ¡ rda- 
dera exuberancia de vida. No se puede ima- 
ginar nada mas alegre, mas chispeante, mas 
movido, en una palabra. Las situaciones có- 
micas se suceden rápidamente, la acción se 
desliza con facilidad, salvando todos los tro- 
piezos de un argumento complicado y esca- 
broso. El público se rie desde el principio 
hasta el fin de la obra, y eso prueba hasta qué 
punto conoce Granada los secretos del teatro 
y los trncs especialísimos de la escena. 

Que el autor de 77 NastrO tiene mucho ta- 
lento, es cosa que de puro sabida se calla, 
pero lo que no se sabía á ciencia cierta hasta 




- 3 6- 

anoche es que ese talento tuviese en el arte 
dramático un campo tan próspero de acción, 
unos horizontes tan dilatados y un porvenir 
tan brillante. Si el drama Las flores del muer- 
to pudo dejar alguna duda á este respecto, 
no sucede así con la comedia El Lazo, Los 
tres actos que hemos aplaudido anoche, hon- 
rarían á más de un dramaturgo europeo de 
campanillas, de esos cuyas producciones figu- 
ran en el repertorio universal. Granada ha 
demostrado saber en materia de teatros mu- 
cho más de lo que suponía la generalidad» 
puesto que maneja el diálogo como Vatabrc- 
gue, forja escenas como Gondinet, pinta carac- 
teres como Labiche, y arranca á lo imprevisto, 
como Bisson, grandes efectos, 

La representación de anoche ha sido una 
continua carcajada. Los chistes se suceden en 
la obra, rápidos como saetas y apretados como 
granizo. El primer acto, de un elegantísimo 
corte de alta comedia, y el segundo, pertene- 
ciente al género más franco de la pockade, 
superabundan en frases agudas, ocurrencias 
felices y salidas epigramáticas. Aquello es un 



— 37 — 

chisporroteo continuo, y en algunas ocasio- 
nes, un deslumbramiento. Granada ha encon- 
trado, en El La^o, el género que mejor le 
conviene. 



U COMMto FALCONI 

(la boettí valvassura) 



Gi 



"ran concurrencia anoche, en el espacioso 
teatro ele la calle Qucguay. Sin embargo, 
habría sido mayor, si, por continuar la indis- 
posición de la primera actriz señora Boetti 
Valvassura, no se hubiera suspendido á últi- 
ma hora el estreno de La Tosca para dar en 
su lugar El Honor de Sudermann, obra de la 
cual nuestro público no tenía noticia alguna. 
Creo que nadie se habrá quejado del cambio. 
En vez de una obra efectista se ha dado una 
obra verdadera, natural, sumamente dramá- 
tica é interesante. Sudermann es, en el tea- 
tro contemporáneo, uno de los más audaces 
innovadores; enamorado de la teoría realista, 
sigue, en cuanto á la exactitud del detalle y 
al trabajo de observación, las huellas del mis- 
mo lbsen, aunque cuidándose de no caer en 
sus extravagancias filosóficas El drama de 



— 42 — 

anoche es, sin embargo, délos que se llaman 
de tesis: Sudermann sostiene que es falsa toda 
noción absoluta del sentimiento de honor, 
puesto que, cada clase social, tiene su propia 
noción, tan verdadera y exacta como la agena. 
Es la adaptación, al teatro, de la conocida 
teoría de Maudsley sobre la relatividad de los 
juicios déla conciencia, yes forzoso confesar 
que no por ser positivista, deja el drama de 
ser interesante. Hay allí un conde Frast que 
enseña á lo Spencer y entretiene á lo Alfonso 
Karr, y será difícil encontrar en las obras del 
nuevo repertorio un tipo más nuevo, más ori- 
ginal y más simpático. 

El Honor, por su estructura escénica y por 
los tesoros de observación que contiene mani- 
festados en detalles de un realismo sorpren- 
dente, es uno de los dramas de más difícil 
interpretación. Se necesita una compañía que 
ofrezca un conjunto de primer orden, para que 
no desmerezca en la escena lo que es tan her- 
moso en la lectura, puesto que los persona- 
jes de El Honor son muchos, y todos de tanta 
importancia como de difícil estudio y crea- 
ción. El director Falconi ha hecho bien, — no 



— 43 — 

siendo posible que debutara la Boetti, — en 
presentarnos desde los comienzos de la tempo- 
rada á sus principales artistas en un trabajo 
de lucimiento. No tenemos sino elogios para 
la inteligencia con que sorprendió los artísti- 
cos detalles del papel de Alma la señorita Fal- 
coni, que se muestra heredera del talento de 
su madre Adelaida, tan aplaudida' anoche en 
el trascurso del drama. 

El señor Ferrati, primer actor de la compa- 
ñía, obtuvo los honores de la noche : en los 
pasajes de fuerza conquistó siempre nutridos 
aplausos mostrándose artista concienzudo y 
lleno de excelentes cualidades. — El mejor elo- 
gio que podemos hacer de Bertini, es decir 
que estuvo á la altura del papel de Frast, 
caracterizando admirablemente esta creación 
poderosa y nueva de Sudermann. Gray, en 
el papel de Kurt, se mostró un primer galán 
joven irreprochable como hemos visto muy 
pocos, y Passerini, en el de Milhaelzky, un 
caracterista notable, mezclando en la inter- 
pretación de su parte, tanta agudeza de ob- 
servación como superabundancia dQVÍs.có* 



u, 



n éxito de risa completo obtuvo anoche, 
en el Politeama, la primera representación 
de la graciosa comedia de Meilhac y Gille: 
Ilmarito di Babette. — Pocas pochades reúnen 
tanto interés, tanta gracia y tanta novedad en 
las situaciones. Hay en esa obra un marido 
postizo, que es una verdadera creación y que, 
entre paréntesis, ha sido interpretado ayer 
de una manera extraordinaria. Es verdad que 
de toda la comedia puede decírselo mismo, 
porque no hemos visto compañía dramática 
italiana, de diez años á esta parte, que ofrezca 
un conjunto tan completo y homogéneo como 
la de Falconi. 

Desde la señora Delíini Campi que h 
con verdadero talento el papel de ! 
hasta Orlandini, muy o en el tari 

diminuto de Nitouche, todos los artistas I 
rivalizado en arte, ifalidad, De 



- 4 6- 

pccíal mención : de Arturo Falco- 

ni, que mantuvo en la sala una hilaridad pcr- 

.-, con su felicísima interpretación del 

. odau, y de Passerini, que ha afi- 

mcho sus facult lesde la última 

uvo en Montevideo, y que hoy es 

echo y derecho. 

:ui no me toma 
de i • de tiempo atrás conozco 

lo que vale, pero si me sorprende la origina- 
la muy joven, 
revelad como va\ brilla! 

de i Caracterí- 

dice con intención ; sub- 
¡rarla ; arregla el ade- 
la ; en i 
ie sabe ver el lado 

reproducirlo cómi- 
i. liará mucho camino, 
sobre todo si se mantiene íiel á la naturali- 
dad, y sigue en cu ; compatible con el 



— 47 — 

tres„ cuatro ovaciones recibió dei público en 
la media hora que duró ¡a obrita. Hubo de 
cantar tres romanzas en vez de una, y á fé que 
las cantó con un. gusto, una delicadeza y un 
acertado empleo del falsete que legitiman la 
impeitinencia con que el público pidió dos 
veces el bis. 






,omo «á ía terjora va la vencida», La Tos- 
ca, anunciada por tres veces, pudo ¡por fin! 
ríe. Es una obra interesante, 
la d ¿ver ¿id a a pesar de su 
x-na de tortura, su asesina- 
to, su ejec!.: :ital y su suicidio, (porque 
3tqs horrores encierra el drama en los 
estrecho os de cuatro actos). Pero esa 
ri'pa vieja estilo Fernandez y González, está 
aderezada con salsa moderna y exquisita de 
Sardou, que ofrece siempre el interés crecien- 
te ele lo imprevisto y nos atrae con el engaño 
délos detalles escrupulosamente estudiados, 
produciendo en nosotros la ilusión de las cosas 
reales. Asi, pues, si bien La Tosca es obra de 
escaso mérito literario, posee en cambio gran- 
des efectos teatrales, y si no está á la altura de 
Jos dramas que escribió Sardou cuando hacía 



— 5 o — 

su oficio con toda conciencia, descuella entre 
los que ha escrito en estos últimos tiempos, 
con la única preecupacion de sorprender y 
asombrar al público con el espectáculo de co- 
sas nuevas y extravagantes. 

fct todo, el drama, escrito para la Sararí, 
permite la constante exhibición y el continuo 
lucimiento de la actriz encargada del papel 
protagonista, y, en ese sentido, es la obra más 
propia que la señora Boetti podía haber esco- 
gido para hacer su primera aparición ante 
nuestro público. Es dicha señora la actriz más 
notable que ha venido al Río de la Plata des- 
pués de la Duse y de la Bernhardt, y tiene tan- 
tos puntos de contacto con las dos, en la ma- 
nera de recitar, de accionar, de caminar, y 
-hasta de vestir, que en, ciertos momentos la 
ilusión es completa, y obliga á suponer que la 
señora Boetti es una milagrosa evocación de 
cualquiera de esas dos grandes artistas. La se- 
mejanza más sorprendente es con Sarah Bern- 
hardt, de cuya escuela especial ha tomado la 
señora Boetti el estudio profundo y concien- 
zudo de su papel, la asombrosa naturalidad 
del decir, hasta en los más pequeños detalles 



- S i ~ 

del diálogo, la suprema elegancia del gesto , y 
hasta las cálidas inflexiones de la voz, en las 
escenas de ternura. Si á esto se agrega que la 
ora Boetti posee el entusiasmo, la inspira- 
ción, la escuela áque han pertenecido Ja Ris- 
tori, la Pezzana, la Marini, la Tessero y la Du~ 
se, — se sacará en consecuencia que debe figu" 
rar en la escena contemporánea como una 
artista í onal, capaz de alternar y com- 

petir con las primeras entre las primeras. 



p, 



or si alguien dudaba todavía do que es 
una gran artista, decidió la señora Boetti Val- 
vassura exhibirse en Fedora después de ha- 
berse estrenado en La Tosca, é hizo perfecta- 
mente, porque está insuperable en los papeles 
fuertes, bruscos y nerviosos del repertorio de 
Sardou. La critica más exigente tiene que 
rendir el tributo de sus aplausos á esa inter- 
pretación estudiada, rica en inesperados de- 
talles, en rasgos de verdadera inspiración, 
que la señora Boetti ha consagrado á cada 
una de las obras en que la he podido juzgar. 
En el último acto de Fedora, sobre todo, de- 
muestra poseer la grandeza trágica unida al 
sentimiento más completo ele la realidad : la 

na de la mi una de la ver- 



-54- 

en el teatro. ¡Así aplaudió el publico !... Aun- 
que no tanto como anoche, en María Anto- 
nieta, drama en que la distinguida actriz pro- 
bó que sus facultades le permiten abordar 
con éxito igual los pasajes fuertemente trági- 
cos y los de la alta comedia. Desde el segun- 
do acto, la señora Boetti fué continua y ex- 
traordinariamente aplaudida. 

Mención especial merece Bcrtini, que ha 
hecho de su papel de Luis XVI, un estudio 
tan concienzudo como hermoso. En cuanto á 
Ferrati, debemos consignar que si anoche fué 
un Lafayette muy correcto, el sábado fué un 
Loris Ipanoff hors ligue, que trajo á la me- 
moria de muchos entre los asistentes, el re- 
cuerdo de Ancló, por la naturalidad, la cx- 
pontaneidad de la emoción y la verdad i 
expresión del sentimiento. 



j^ala expléndida ; espectáculo digno de la 
concurrencia: he ahí, en dos palabras, la sín- 
tesis de la función de anoche. Digan lo que 
digan, Teodora es un drama interesante, nue- 
vo y de grandes efectos teatrales. Lo que 
tiene de coreográfico , lo compensa en parte 
con lo que tiene de original, y es, en el vasto 
repertorio de Sardou, una de las obras que 
impresionan y sacuden más el ánimo del pú- 
blico. Por otra parte, tiene el mérito de la 
verdad, puesto que es la Historia Secreta de 
Procopio dialogada y dividida en escenas. El 
autor no ha tenido que inventar nada: los efec- 
tos más dramáticos de su trabajo son hechos 
reales, acaecidos; sus personajes, tal como los 
presenta, desde Teodora á Belisario, pasando 
por Justiniano, no son creaciones de su espi- 



- 5 6- 

ritu, sino estudios que hizo sobre el natural 
el poco escrupuloso historiador Procopio. La 
mitad, por lo menos, de los aplausos de ano- 
che, pertenecen, en buena ley, mas que al 
principe déla dramaturgia contemparánca, al 
cronista de la decadencia bizantina 

En cuanto ala interpretación, diremos por 
de pronto que Tedora ha sido puesta en esce- 
na con un lujo de trajes y decorado verdadera- 
mente único, y con una seguridad de in- 
terpretación que honra sobremanera á los 
artistas déla compañía Falcofli. 

'.¡estacó, como siempre, sobre el conjun- 
to irreprochable, la fioetti, que fué anoche 
objeto de las más justicieras y estruendosas 
manifestaciones por parte del público. En 
los primeros actos (que son en la obra depura 
comedia) descolló á tanta altura como Sarah 
Bernhardt, y tal vez la superó en los últimos, 
en los actos fuertes, en que el desenlace trági- 
co se precipita. El señor Ferrati, muy natu- 
ral en su papel de Andrea, tuvo también su 
parte en el éxito de la noche, y lo mismo digo 
ele Pedro Falconi, que hizo un Belisario im- 
ponente; de su señora Adelaida, irreprocha- 



ble como siempre en el papel de Tamiris: efe 
Bcrtini. que hacía de Justiniano; de Gray que 
personificaba al simpático Marcelo ; y, en fin, 
ds Passerini, Valvassura, Orlandini y Alfre- 
de Falconi que consiguieron también ver pre- 
miados sus esfuerzos con una salva de aplau- 
sos después de la escena de la conjuración en 
el tercer acto. 



(LA GINI—LA BORDALBA -LA BORLINETTO— MARIACHER 
— SCOTTI— ERCOLANl) 



lí, 



,a agitación y el movimiento que desde 
ayer reinan en Solis ; el continuo entrar de 
bultos y equipajes ; los numerosos grupos de 
músicos y coristas ; el incesante martilleo 
que resuena en el escenario, donde á toda 
prisa se disponen las decoraciones ; la afluen- 
cia de gente que invade la boletería en busca 
de localidades ; los ensayos de la orquesta, 
de los coros y del cuerpo de baile,— me han 
convencido, allin, de que es un hecho la lle- 
gada de Ferrari, y otro hecho el debut de su 
compañía, esta noche, con Hugonotes. Y di- 
go que me han convencido, porque yo, me- 
lómano impenitente, coulissier envejecido á 
la luz de las candilejas y en el ambiente satu- 
do de polvo que se respira detrás del telón de 
boca, me resistía á creer que llegase á ser ver- 



— 62 — 

dad tanta belleza. La crisis, y el malestar ge- 
neral del pais se me antojaban terribles esco- 
llos donde forzosamente habían de encallar 
las iniciativas artísticas del más perseverante 
de los empresarios del Río de la Plata. El 
arte, en los tiempos que corren, vive sólo 
mediante el dinero, y el dinero... «¿dónde 
está, en Montevideo, que lo busco y no lo 
veo?»... Es, pues, un acto de heroísmo en 
Ferrari el haber traído una excelente compa- 
ñía de ópera en medio de esta angustiosa si- 
tuación, y deseo sinceramente que pueda re- 
novar el milagro de Horeb, arrancando 
nuestros escuálidos bolsillos verdaderos rau- 
dales de oro. 

La verdad es que semejante milagro no se- 
ria una novedad para Ferrari. El año pasado 
nos quejábamos casi tanto como ahora, aun- 
que en tono menos agudo, y sin embargo, 
hizo un dineral en el Politeama, con una 
compañía que no era mejor que ésta. Hasta 
cierto punto, tiene el derecho de creer que 
somos un poco tarasconeses en nuestras la- 
mentaciones, ó que encontramos en la buena 
música [un remedio supremo para nuestros 



.. — 03 — 

disgustos y nuestras amarguras. Me parece 
que se restregará las manos de puro gusto, 
al ver vacío, esta noche, el tablero de bolete- 
ría, y al reparar la lista de pedidos que tiene 
Bembou, para cuando se dé Gioconda, ó 

Mefistófeles, ó Lohengrin. Supongo que, 
filosóficamente, se dirá in perfore, parodiando 
a Mazarino : «¡Estos orientales! Lloran,.. 
se lamentan, gritan... pero vienen, y pagan ! » 

La temporada que hoy se inicia, encierra 
más de una promesa halagadora para los ver- 
daderos dilett antis. Por de pronto el reperto- 
rio es realmente deslumbrador. \ Oiremos 
Lohengrin ! {Oiremos Don Carlos! \ Oiremos 
Lamico Fritz ! En ningún teatro de Europa 
se ponen en escena tres obras de ese calibre 
en una misma estación, porque cada una de 
ellas se basta y se sobra para asegurar el éxito 
más completo de un abono. Pero aquí los 
empresarios han de hacer maravillas si quie- 
ren ver el teatro lleno, y de ahí que Fe- 
rrari nos ofrezca, de una vez, esas tres óperas, 
primorosos hors d'oenvres de un suculento 
menú musical, cuyos platos más pobres son i 



Africana y Vísperas, Mcfistofeles y Caba- 
llería ! 

En cuanto á los intérpretes que tendrá este 
magnifico repertorio, casi todos ostentan lau- 
reles ganados, en buena ley, en las campañas 
del arte. — Estrechaba ayer' fa man o de 
naldo Conti, el conocido maestro director, 
que tantos aplausos ha conquistado de nues- 
tro público y decía para mi: — «Llevando 
éste la batuta, todo irá bien ». Es que tengo 
absoluta confianza en el talento, en el saber, 
obre todo en el buen gusto del maestro, 
desde que le vi dirigir, hace años, el concer- 
tante final del primer acto de Le Vüi % de Pa- 
cini, contal precisión, con un lujo tan asom- 
broso de detalles, y con tal inspiración artís- 
tica, que el auditorio en masa, electrizado y 
poco menos que frenético, se alzó para acta- 
mar por largo rato al joven director de or- 
questa. Recuerdo que Ciachi, que entonces 
era su empresario, se abalanzó sobre mi en 
les corredores del teatro, y que me dijo, en- 
tusiasmado, en su jerga ítalo-española : — 
« ¿Ilai visto il Conti? Qucslo d ¡arólo ha ¿al- 
lí iintenztone de ¿¡ventare ana vera eclebri- 



-6 S - 

tá. Hará camino, non ce dubbto »— Hay que 
advertir que Ciachi no entiende de música 
ni por el valor de una minima, que es lo mí- 
nimo que se puede entender en esa materia. 
pero en esa ocasión, como en otras muchas, 
acertó. — Lo cual prueba que se puede tener 
á la vez muy mal oído. . . y muy buen olfato. 

De la Gini, la simpática artista que hace 
tres años llenaba noche á noche la vastísima 
sala del Politeama, con solo anunciar que 
cantaría la Gioconda, me bastará decir que 
no ha perdido nada de sus facultades vocales, 
y que ha ganado mucho como intérprete dra- 
mática. La he oído últimamente en Buenos 
Aires, y me ha parecido más perfeccionada 
como cantante, mostrándose más cuidadosa 
de los matices y más prolija en los detalles. — 
La Bordalba posee un tesoro de voz ; la Petti- 
giani tiene tanta gracia como arte para cam 
tar ; la Borlinetto ha adelantado lo que no 
es creíble desde que la vimos, hace años, en 
Solís. Como se vé, por el lado de las muje- 
res, todo irá perfectamente. 

La hermosa voz de Mariacher, el joven te- 
nor que pertenece á la dinastía de los Tamag- 

3 




— 66 — ; 

nos, posee siempre los espléndidos agudos 
que tantos triunfos le proporcionaron el año 
pasado. Más educada, más dúctil, esa voz can- 
ta ahora muchas óperas, que antes le estaban 
v d a d a s ; 1 a p r i i que L o h e ; i g rin h a 

i el mejor éxito ir en la pasada 

te linpo r a d a d e B u en tt i es sie m - 

pre el hábil cantante y el correcto intérprete, 
irreprochable hasta en los menores detalles 
del traje y de la truccatura. Terzi conserva el 
poderoso caudal de su \iz ; Ercolani, demos- 
trará esta noche que es también un buen ar- 
tista, digno de figurar al lado de las eminen- 
cias ; — de manera que, en resumen, resulta 
excelente el conjunto de la compañía, respec- 
to á los artistas. 

Agregúese á esto la bondad de la orques- 
ta, numerosa y aguerrida; masas corales de 
primer orden ; veinticuatro pares de panto- 
rillas auténticas (S.G.D.G.) en el cuerpo 
de baile ; lujosa y apropiada m ise en scénc, — 
y se obtendrá, como sumando general, la 
convicción de que este año nos ha traído Fe- 
rrari una compañía de primíssimo cartello. 



- 6 7 - 

Quien ponga en duda la veracidad de esta 
afirmación recuerde que Santo Tom 
« ver para creer; » y vaya luego á Solía, tan 
solo para convencerse. 



V_A< 



LUÍ 



omenzando por el fin, — que es siempre el 
mejor modo de decir pronto las cosas, — con- 
fesaré que, en conjunto, la interpretación de 
Hugonotes me ha dejado satisfecho. |Qué dia- 
blos! No seamos exigentes, ni imitemos á los 
chiquillos que se emperran en que se les ha de 
alcanzar la luna, y refunfuñan y gritan por- 
que nadie la pone entre sus manos. Pretender 
celebridades artísticas como la Patti ó Ta- 
magno en estos tiempos de enrarecimiento 
monetario (como dicen en los editoriales finan- 
cieros), es tan absurdo como el antojo de la 
luna. Contentémonos, pues, con un conjunto 
armónico de buenos artistas, con una feliz 
combinación de elementos aceptables, que si 
no originan grandes y estruendosos entusias- 
mos, aseguran y garantizan la correcta inter- 
pretación de las obras más difíciles del reper- 
torio. Eso es lo] que Ferrari nos ha ofrecido 



este año, y debemos estarle gratos por ello, 
porque, al fin y al cabo, una ópera puesta en 
escena como preceptúan los mandamientos 
del arte, no es una cosa que se ve cuando se 
quiere, y menos que se encuentre á la vuelta 
de cada esquina. 



Debo advertir que no soy un crítico, «ni 
lo quiero ser», como cantan las muchachas de 
vestido corto que bailan á la ronda. Soy un 
simple dilettante que goza enormemente con 
la música y á quien le gusta charlar un rato con 
el público comunicándole sus impresiones. 
En materia de arte, creo, como Lamartine, 
que «quien sabe conmover, lo sabe todo», y 
con este criterio juzgo á los artistas. El que 
me conmueve es bueno; el que me deja frió es 
malo. La fórmula no puede ser más sencilla: 
puede que por lo mismo sea la más cierta. 
Declaro que m me preocupa un bledo, por 
ijemploi el ignorar si Scotti llegó 6 no llegó 






al la bemol en la frase lo rido del ciel, pues 
aún ignorándolo, sé que el artista dijo la frase 
entera maravillosamente. El público no la 
aplaudió, pero tampoco aplaudía, la mayor 
parte de las veces, los primores de Battistini, 
lo que prueba que tiene también sus incon- 
venientes el ser un cantante exquisito, desde 
que al ponerse á la altura de los delicados, se 
coloca fuera del alcance ordinario de la com- 
prensión del vulgo. 



Ya que he hablado de Scotti por incidencia 
aprovecho la ocasión para manifestar que, en 
mi pobre concepto, ha adelantado muchísimo 
de un año á esta parte. No ha ganado en voz, 
pero ha ganado en saber; ha llevado hasta los 
últimos límites el perfeccionamiento de su 
dicción, tan correcta siempre y tan exacta. Hay 
artistas que cultivan con preferencia sus me- 
dios vocales; otros cultivan la expresión. Como 
los grandes literatos, los grandes músicos, los 



— 72 — 

grandes pintores, Scottí tiene ya su estilo j 

pío, esclusivamente suyo, lo cual me par 
prueba bastante y sobrante de esta verdad :que 
Scotti es un gran artista. Al que lo ponga 
en duda, lo emplazo para el Don Carlos. 
¡Ya verán un marqués de Posa! 

Pero advierto que he dado al olvido las le- 
yes más elementales de la buena educación, 
postergando á las damas, y sobre todo en 
te caso, en que las damas merecían la prefe- 
rencia el par droit de conquéle et par droil 
de naíssance. La Giní Pizzorni, muy aplau- 
dida en el tercer acto en su dúo con Erco- 
lani, demostró en el último lo que ha pro- 
gresado como intérprete y como cantante I y\ 
voz no es, ni con mucho, una gran voz; no 
impone, no atruena, no dejará sordo á nadie- 
Pero tiene en cambio bonitas inflexiones, al- 
gunas notas muy bellas, y sobre todo, la 
vibración, el calor, la potencia emocional, di- 
remos así, que le comunica el talento de)a 
artista. Tampoco tiene mucha voz la Petti- 
giani, y sin embargo. . . ¡qué cantante exi- 
mia! Ganó en buena ley la ovación de la 
che, haciendo prodigios de vocalización y de 



— 13 ~ 

agilidad en el aria Lieío suol della Tarreña, 
interpretada con el gusto más exquisito que 
se puede imaginar. Y advierto que para mi 
lo asombroso no está en la pureza de los 
trinos, ni en la irreprochable limpieza de las 
escalas, ni en los pimorosos efectos conse- 
guidos con la media voz, parecida á un sus- 
piro melodioso escapado á un arpa cólica. No; 
lo que más me asombra es que en la interpre- 
tación haya tanto sentimiento, tanta delica- 
deza, tanta poesía, como en la misma músi- 
ca. Y el elogio es grande, si se tiene en 
cuenta que Meyerbeer no ha escrito página 
más elegante y bella, que la del aria de la 
reina Margarita. 

Mariacher está en la plenitud de sus me- 
dios vocales, y ha adelantado mucho como 
cantante. Sus progresos se revelaron en el 
gran dúo con Valentina, en el cual detalla 
toda su parte con arte y sentimiento verdade- 
ros. Es hoy en día uno de los buenos teno- 
res de fuerza. Los antiguos creían, al des- 
cubrir un fósil bajo tierra, que aquel raro 
fenómeno ele la naturaleza era debido á la 
influencia de los astros, en conjunción e#q 




— 74 ~ 

traordinaria, sobre los elementos constituti- 
vos del planeta. Para mí, que estoy cansado 
de oir á la turbamulta de los Cardinalis, Prc- 
vostes, Ottavianis yBettinis, un buen tenor, 
completo en cuanto á la voz, completo como 
cantante, completo como interprete dramático, 
es una cosa tan rara, por lo menos, como cual- 
quier fósil, y me parece un milagro tan grande 
de la naturaleza, que no me estrañaría fuera 
causado por la misteriosa acción de los mundos 
siderales. Como Mariacher es un buen tenor 
que será > en breve tiempo, un gran tenor, 
lo admiro y lo respeto, por esa preocupa- 
ción mía, renunciando á hacer de sus peque- 
ños defectos esa crítica enana que desme- 
nuza y destruye, y que se parece, según la 
frase gráfica de los Goncourt, «al trabajo 
antipático y repelente de un hormiguero so- 
bre un cadáver». 



•Y- ¥ 



A todo esto, no he hablado todavía de los 
nrtístos nuevos para nuestro público. ¡A bue- 



~~ 75 - 

ñas horas me acuerdo! . . . Cuando ya estoy 
en las boqueadas del artículo. Pero, bien 
miradas las cosas, será mejor que no avance 
aun, á su respecto, un juicio definitivo: así 
como una golondrina no forma verano, una 
audición aislada no forma criterio. — Sin 
embargo, saludaré al pasar la silueta ele- 
gante y esbelta de la Rappini, un paje deli- 
cioso, un Cherubino d' amore, como dicen en 
El matrimonio de Fígaro. Bonita voz — no tan 
bonita como el rostro, sea dicho de paso, 
— arte suficiente, bella apostura, son las do- 
tes de esta joven cantante, que recien hace 
un año inició su carrera teatral. — El bajo Er. 
colani tiene un caudal de voz fresca y robus- 
ta, y sabe decir, como lo demostró en el acto 
tercero, en el dúo con Valentina. Si nd con- 
siguió que se le aplaudiera al Pifl Paf!, bas- 
tante bien cantado, es porque nueftro públi- 
co no cree en los bajos, y por punto gene- 
ral ni siquiera los escucha cuando cantan 
solos. Parecerá un absurdo, pero es una 
gran verdad, que he descubierto después de 
muchos años de paciente observación: para 
la mayoría de los que asisten á'nuestros tea- 



- 76 - 

tros, la ópera se reduce á lo que cantan el 
tenor y la soprano. 

De los demás artistas hablare más adelan- 
te, cuando los haya oído mejor. En cuanto 
á los elementos de conjunto, orquesta y 
coros, se han desempeñado como de costum- 
bre en las compañías de Ferrari, es decir, 
perfectamente, Los coros oyeron aplausos en 
el Relaplan. En cuanto al cuerpo de baile, 
gra^ie al cielo, non ce mal. Ofrece un con- 
junto plástico bastante aceptable, observado 
desde mi butaca. No todas las bailarinas po- 
drían revalizar con Rosita Mauri, pero jquó 
diablos! hacen bastante bien un entre dcux 
cuando llega el caso... También es verdad, 
que eso no es sino el A B C del arte coreo- 
gráfico! 



-LVJLedio teatro, antenoche, en la sala de g¿>- 
lis. Bastante gente á mi alrededor, en la píate,". . 
muchedumbre en cazuela y paraíso, pero gran - 
des huecos en las tres hileras de palcos. Mas 
claro: las localidades baratas, repletas; las 
localidades caras, vacías. Cuando no se ha 
llenado Solis al anuncio de Gioconda inter- 
pretado por la Gini, es porque la crisis aprie- 
ta seriamente. La opinión general sobre la 
compañía de Ferrari no puede ser mas favo- 
rable; hay ansia de oír ('«pera; el repeí torio de 
la temporada está hecho para seducir,-y sin 
embargo... la gente se abstiene de asistir al 
teatro. Eso demuestra que lie. nos llegado á 
un extremo tal de pobreza que no aspira 
ya á tener para luj(-.' y diversiones, y ños 
mos por muy bien ! >s con tei er ¡a 

pan nuestro de c^-d ¡ did. 

Y es una verd; lima imva 



habido en Solis, antenoche, una concurrencia 

digna de la obra representada y de sus intér- 

; . La (¡iocunda ha conseguido romper la 

helada reserva en que se mantuvo el público 

en o, y transformarla en una 

•ia, que, en ciertas 

:i lia 
do en 

. 

notas 

o Cí- 

iempo que le 

i por el modo de di- 

eialmente la 



asa a t 



— 79 — 



riní, ni la Gabbi, ni la Tetrazzini, dicen con 
mas ironía, con mas desesperación, la frase 
Vnol Jar mi finí gaia, vaol farmi ftiú bella, que 
produce invariablemente, en el público, una 
conmoción profunda y poderosa. Sobre todo, 
ninguna actriz la dice con tanta originalidad. 
En esc instante de la ópera, la Gini se agi- 
ganta de pronto, ante el espectador estupe- 
facto; se alza sobre el nivel de sus propias 
facultades habituales, y llegado el momento 
del triunfo, arroja las muletas como Sixto V 
y se muestra grande y poderosa como inter- 
prete. Es que la Gini tiene, sin duda alguna, 
la intuición de lo trágico; ó como se dice en 
la jerga pedante de la literatura didáctica, del 
ftathos. Haciendo mía una imagen de Mrne. 
Pauline de Be-aumont, refiriéndose á las fra- 
ses poéticas de Chateaubriand, diré que las 
frases líricas de la Gini, en sus momentos de 
inspiración, me producen un singularísimo 
efecto, una impresión extraña: siento algo así 
como si tocaran al piano sobre todas mis 
fibras! 



— 8o — 

Compartió con la Gini los aplausos del se- 
gundo acto la señora Borlinetto, actriz co- 
nocida ya de nuestro público, que me pro- 
porcionó una agradable sorpresa mostrando 
lo mucho que ha adelantado. Con más cau- 
dal de voz, con más igualdad en los registros, 
canta también mucho mejor que antes; diue 
la frase con espresion, con fuego y hace 
perfectamente su parte dramática. En resu- 
men: es una buena artista. La Rappini, en 
el papel de la Ciega, mostró que posee una 
bellísima voz, fresca y bien timbrada; que 
sabe cantar y que tiene un gran porvenir 
artístico. Con un poco más de aplomo en 
las tablas y otro poco de originalidad en la 
expresión, su carrera está hecha. Lo mismo 
digo del tenor Bayo, artista joven que tiene 
poca pero linda voz, que dice admirablemen- 
te, con un buen gusto intuitivo, y que con el 
tiempo será un tenor de gracia de los mejores. 
El timbre de su voz están simpático, que el 
oído le recibe como una caricia, (excepción 
hecho de les agudos, cuya emisión es siempre 
un tanto forzada). En la romanza Ciclo c mar 
(ué estruendos aolíiudí >n iustH 



— Si — 

cía. Dijo con delicadeza, demostró compren- 
der la melancólica poesía del verso y de la 
música, y estuvo feliz en más de un detalle. — 
Aplaudí desde mi butaca, y aplaudo ahora 
desde estas columnas. ¡Bravo! 

Terzi tampoco puede estar descontento de 
la recepción que le ha hecho el público en esta 
segunda vez que canta en Montevideo. Desde 
el primer acto oyó aplausos, aunque no tan- 
tos como merecía. En el aria O monumento me 
convenció de que conservando siempre su 
hermosa y poderosísima voz, ha adelantado 
mucho como cantante y como intérprete. El 
público no lo aplaudió en ese pasaje de la 
obra, porque siempre permanece frío ante 
ese trozo de política veneciana que Ponchielli 
ha tenido la excentricidad de poner en solfa. 
En cambio, en la barcarola, obtuvo Terzi una 
ovación que duró hasta que concedió el bis. 



A, 



.noche : Las Vísperas. — Ha sido un ver- 
dadero acontecimiento artístico. Por de 
pronto, no se dará tal vez otra obra en la 
temporada con un conjunto tan completo. 
Artistas, orquesta, coros, mise en scéne; todo 
estuvo á la misma altura. La de anoche es 
una ópera que no se da con frecuencia ni aun 
en Italia, precisamente porque exige un cuar- 
teto de artistas excepcionales; que es muy raro 
encontrar reunidos. Además, necesita parti- 
quines que sean poco menos que verdaderos 
cantantes; una orquesta tan numerosa y bien 
equilibrada como sea suficiente para interpre- 
tar la grandiosidad de la música; coros amaes- 
trados, capaces, no solo de cantar bien, sino de 
acompañar el canto con una mímica apropiada; 
un cuerpo de baile experto; decoraciones y 
vestuarios lujosísimos. Todo eso, reunido en 
armónico conjunto, es algo que se vé en Monte- 



- 8 4 - 

vídeo solo cuando Ferrari esquíen hace las 
cosas. 

De Mariacher, Scotti y Ercolani solo diré 
que se han mostrado superiores á cuanto hacía 
esperar su presentación en los Hugonotes. — 
No pasarán de tres ó cuatro, hoy en día, los 
tenores que se atrevan con la parte de Arrigo, 
y de esos tres ó cuatro, dificulto que ninguno 
la cante mejor que Mariacher. — Scotti es, en 
mi opinión, el Monforte ideal. — Ercolani, en el 
simpático papel de Juan de Prócida, se ha 
mostrado intérprete de talento y especialmen- 
te en la magnífica aria con que se abre el 
segundo acto de la ópera: O tu Palermo, térra 
adorata! — En cuanto á la debutante, señorita 
Bordalba, tiene mucha y bellísima voz, canta 
admirablemente, como lo demostró en el la- 
moso bolero del quinto acto, é interpreta con 
gusto la frase melódica. Es, en una palabra, 
una cantante sumamente agradable, pero eso 
no basta, en el teatro, donde es más impor- 
tante saber conmover que saber agradar. I 
una frase profunda de Stendhal á este respec- 
to: «en arte es más difícil la expresión que la 
corrección)). Siendo una artista correctísima-, 



- 8 5 - 

la Bordalba no es una artistas expresiva, y eso 
la perjudica en papeles que, como el de ano- 
che, son de una fuerza dramática excepcional. 
Donde debe estar admirable es en Lohengrin, 
en ese dulce y melancólico papel de Elsa, que 
parece escrito expresamente para sus faculta- 
des. 

Y con esto y un bizcocho. . . 



A 



.ver, en los pasillos del Icatro, me dieron, 
á boca de jarro, la desagradable noticia: esta- 
mos abocados á una crisis coreográfica. Las 
simpáticas discipulas de Terpsicore no se en- 
cuentran á gusto en Montevideo. Dicen que 
esto es un velorio, y que en los velorios no se 
baila. Tienen razón. La pobreza reinante las 
oprime. Quien las ve tan vaporosas, casi 
aéreas, con sus esponjados tules, en medio de 
la blanca aureola de la luz eléctrica, estará 
lejos de imaginar que son los seres más posi- 
tivos déla tierra. Saben contar más que un 
Ministro de Hacienda, y su eterna preocupa- 
ción, dados los sueldos míseros que ganan, 
es cubrir el budget con los recursos del rubro 
de eventuales, extraordinarios é imprevistos. 
Ahora bien: parece que los tiempos son tan 
malos para las pobres, que no dan ni con lo 
imprevisto, ni con lo eventual, ni con lo extra- 



— 88 — 

ordinario. Por eso quieren tender el vuelo 
hacia climas más benignos, á pesar de los 
ruegos y de las exhortaciones de la em- 
presa. 

Por mi parte, lo siento de veras. Confieso 
francamente que me gusta mucho el cuerpo 
de baile. Pero entendámonos: me gusta de un 
modo platónico, considerándolo como un acce- 
sorio indispensable del maravilloso espectácu- 
lo quehoy llamamos ópera. En una palabra, 
me place en conjunto, mientras que á otros, 
tal vez más prácticos, les placeen detalle... 
lo que prueba que sobre gustos no hay na- 
da escrito. Confieso que me deleito contem- 
plando desde mi butaca la hermosa combina- 
ción de movimientos y actitudes en un grupo 
de mujeres bonitas; admirando la elegante y 
cadenciosa ondulación de los cuerpos esbel- 
tos; y ¿porqué no decirlo? persiguiendo con 
mis gemelos de teatro la revelación fugaz é in- 
decisa de las carnes á través de las gasas de 
colores... «Este cronista es algún Tenorio»... 
supondrán ustedes maliciosamente. Pues no 
señor, se engañan:— ni siquiera soy un Me- 
jía; — me contento con ser un artista. Como 



-8 9 - 

Cal deplorare que se vayan ías discípuías de 
Rossi. el inteligente coreógrafo de Ferrari, y 
si tal sucede, me malhumoraré, lo menos 
para una semana. (Mago donación generosa y 
gratuita á la Academia Española del verbo 
que acabo de inventar.) 

Omito preámbulos que me llevarían á per- 
derme por los cerros de Ubeda, para decir 
que la Gini ha estado admirable en íMeJis- 
tófeles, asi como suena, y con todas sus letras, 
— y especialmente en el aria de la prisión. 
Hacia tiempo que no oia cantar esa música 
sublime de un modo tan expresivo, tan dra- 
mático: las notas de la diva parecían trasfor- 
marse de lamento en suspiro, y de suspiro en 
sollozo. En esa aria, la Gini saca de su voz 
inesperados recursos, y de su talento de in- 
térprete efectos desconocidos para cualquiera 
otra artista de su género. Por eso, sin tener el 
caudal de voz de otras cantantes, consigue ha- 
cerse aplaudir como ninguna, y con un en- 
tusiasmo que anoche rayaba en delirio. Al 
menos, en el paraíso, había quienes vocifera- 
ban como locos ó como energúmenos. 

Cinco llamadas á la escena, premiaron los 



— íj() *— 

esfuerzos ele la distinguida cantante, al final 
del acto tercero. -r-La Líorlinetto agradó mu- 
cho haciendo de Marta-Panthális, y es natu- 
ral, porque había en ella exorbitancia de ar- 
tista, para una exigüidad de papel. — El tenor 
Hayo tuvo momentos muy felices: dijo bien 
la frase Dai camfri, dai prati y detalló como 
un verdadero artista la romanza final. Me pa- 
reció, sin embargo, un tanto atemorizado al 
comenzar, cosa que no me explico, puesto que 
su voz es de esas que cantan solas. --En cuan- 
to á Ercolani, ha sido para mí una revelación 
como intérprete. Miren Veis, que yo he visto 
diablos, de todas clases y procedencias: Bou- 
dorresque, Castelmary, Tamburüni, Marca- 
ssa, Navarini, Wulmann, Vecchioni, Siivcs- 
tri... y qué sé yo cuántos más! Pues bien, no 
he visto nunca interpretar el carácter mefis- 
tofélico con tanto acierto como anoche. Hay 
quienes hacen del espíritu malo de Fausto 
un personaje siniestro; otros, lúgubre; otros, 
perverso; otros, ridículo. Y Meíistófeles no es 
nada de eso, porque no es Lucifer, ni Belccbú, 
ni Satanás, ni Belial, ni Astarot, ni Anu- 
bis, ni Dythicanus, niDrachus. Es un diablo 



— 91 — 

elegante, simpático, distinguido, un escép- 
tico que niega semftre e tutto i' astro e il fíor; 
un espíritu burlón que hace chacota de las 
cosas más serias y sagradas. Y es tan caba- 
llero en su manera de proceder, tan á lo 
gran señor maneja sus asuntos, que Fausto 
después de haber usado y abusado de su 
amablidad, se le escapa de entre las garras, 
dejándole á la lana de Valencia. Ercolani ha 
interpretado asombrosamente ese tipo com- 
plejo y extraño del demonio chic que inventó 
Goethe, de ese aburrido de los infiernos, que 
en busca de distracciones sube á la tierra á 
cazar almas pecadoras en la trampa de sus 
seducciones. 

En cuanto al conjunto de la ópera, ha sido 
muy completo, gracias á la habilísima direc- 
ción del maestro Conti, que ya demostró, 
llevando la batuta en las Vísperas, que puede 
alternar con los Bassis y los Mancinellis. ¡Quó 
precisión, qué unidad, ó como se dice en jer- 
ga de teatro, qué affiatamento en su orquesta! 
i Qué colorido en la interpretación de las par„ 
tes melódicas y quó grandiosidad en la expío- 
don dolos efectos armónicos culminantes! Es 



- 9 2 - 

que Conti no se contenta con saber lo mucho 
que ha aprendido de su arte en los largos años 
de práctica que lleva: estudia y progresa con- 
tinuamente y descuella cada vez más por una 
preciosa cualidad, que en el no matará el tiem- 
po: por ese entusiasmo musical, mezcla de 
ternura y de loca pasión por la melodía, que lo 
fascina, lo atrae y lo subyuga. Conti es un mú- 
sico enamorado del ideal: de ahí su respeto 
por la belleza y el cuidado infinito, la profunda 
emoción y el sentimiento sincero que pone, 
de su parte, al interpretarla. 



JLÍa favorable opinión que respecto á las do- 
tes artísticas de la Bordalda manifesté no ha- 
ce mucho en estas columnas, ha sido plena- 
mente confirmada en la representación del 
sábado. No hay que darle vueltas: es una bue- 
na actriz, poseedora de un órgano bellísimo 
y de una excelente escuela de canto. La voz 
no es extraordinariamente robusta, pero tiene 
el suficiente volumen para las óperas del gran 
repertorio dramático. Así es como hemos visto 
á la Bordalba triunfar en las Vísperas, — una 
de las obras que hacen temblar á las mejores 
sopranos, — y como la hemos visto salvar victo- 
riosa los escollos de la Africana, otra piedra 
de toque del mérito real.de los cantantes. Las 
comparaciones, aunque siempre enojosas, 
son algunas veces indispensables, y por eso, 
comparando á la Bordalba con la Gabbi, tal 
como la oí hace un año, diré que según mi 



— 94 ~ 

pobre entender, aquélla ha cantado la parté- 
ele Selika mucho mejor que ésta. Recuerdo 
que laGabbi en el final del kria.Figlio del sol, 
mió dolce amor, me hacía erizar, desafinando 
siempre las notas agudas de un modo horri- 
ble. La Bordalba me evita semejante desagra- 
do, no solo en ese trozo, sino en toda la ópera, 
porque tiene completos los registros de su voz, 
que, además de ser fresca y de timbre simpá- 
tico, es precisa, segura y dúctil. 

Muy aplaudida en el segundo acto, la Bor- 
dalba lo fué mucho más en el cuarto y en el 
quinto. En el dúo con Mariacher note dos ó 
tres frases dichas no solo con gusto, sino con 
pasión, con verdadero sentimiento dramático. 
En el aria del Manzanillo, tan llena de difi- 
cultades, tan extraña por su estilo como ori- 
ginal por su melodía, la Bordalba venció las 
últimas resistencias y disipó las últimas du- 
das, demostrando que es una de las mejores 
sopranos que han cantado en los teatros de 
América, 



El «abad ti hubo el atractivo úq un dtbut¡ el 



- 95 - 

cíe la señorita Cassandro, segunda dama li- 
gera de la compañía. Es muy joven, agracia- 
da, y tiene una voz simpática. Novicia en la 
escena, ostenta cierto airecillo de colegiala, 
que es necesario hacer desaparecer cuanto an- 
tes. Cantó bastante bien el aria Áddto, ierra 
nativa, apesar de la falta de agilidad de una 
voz nueva, muy poco ejercitada. Con esa voz, 
con un poco de desenvoltura y mucho de es- 
tudio, se va lejos. 



Tcrzi fué llamado á la escena después de la 
invocación del segundo acto: O Brama, ó Dio 
possente, en la cual demostró que no solo vale 
como cantante, sino como intérprete. — En 
cuanto á Maríacher, fué el rey de la noche. 
Desde el primer acto, demostró que estaba en 
uno de sus días felices, cantando con brío, 
atacando los agudos con felicidad, diciendo la 
frase con expresión. En el aria O ^Paradiso 
fué tan aplaudido que hubo de bisar, pero no 
en balde, porque si él repitió el aria, el pú- 
blico por su parte repitió la ovación. 



I^entíme feliz al ocupar mi butaca, y al ten- 
der la vista en torno mío, mientras colocaba 
el sombrero, doblaba úftaletoty desenfunda- 
ba los gemelos. La sala estaba espléndida, 
como en las fiestas patrias. Muchas caras co- 
nocidas: el primer entreacto lo pasé repar- 
tiendo saludos á derecha é izquierda. Julia 
Villegas muy bien; Mercedes Folie muy inte- 
resante; Emilia Castro monísima. En cuanto 
á las señoras, no me atrevo á decir nada, por 
respeto... á los maridos. 

Había cierto interés en conocer la nueva 
m ópera, y se qpfenifestó en el respetuoso silen- 
cio que reinó durante todo el primer acto. 
Digo mal: el segundo,* porque el primero fué 
eliminado del espectáculo, con su bosque de 
Fontainebleau, su cabalgata, su fanfarra, su 
dúo de amor y su dramático final. ¿No es cier- 
to que eso ya es eliminar mucho? Pues bien, 

4 



~» <j$ — • 

jrfprímíó también el principio del íei 
acto, toda la última parte del cuarto, y un 
tazo bastante grande del quinto. El Don Car- 
los de anoche resultó podado por los cuatro 
costados, lo que lamento en el alma al con- 
siderar la buena música que he dejado de oír, 
y lo que mucho celebro, ai pensar que, con 
podadura y todo, la función concluyó á la 
una menos cuarto de la madrugada. 

Me permitirán ustedes que reserve por el 
momento mi opinión definitiva sobre el mé- 
rito musical de Don Carlos. Quiero que Ver- 
di tiemble un poco, al ver que mi crítica, cual 
nueva espada de Damocles, está indefinida- 
mente suspendida sobre su obra. Pero, por 
no mostrarme cruel, confesaré desde ya que 
me ha gustado él dúo de tenor y barítono 
aplaudido anoche con tanto entusiasmo en el 
primer acto; que me parece tan original y 
elegante como difícil la canción del Velo que 
la señora Borlinetto interpretó con gusto; 
que el final del segundo acto sobrepasa en 
inspiración y en grandiosidad de efectos ar- 
mónicos á cuanto he oido en teatros; que el 
aria del bajo es una maravilla por la fiel es- 



presión del verso; que la escena de la muerte 
de Rodrigo es una joya; que el aria de sopra- 
no en el último acto es una' perfección. . . 
Pero basta. Si revelo que la ópera me ha 
gustado, ya no temblará Verdi. 

¿Ha gustado también al público?... Huml... 
jEl buen público se mostró bastante despis- 
tado durante los largos recitativos, pero en 
cambio aplaudió á rabiar cada vez que trope 
zó con un trocito, aunque fueran solo cuatro 
compases, de melodía genuinamente italiana. 
Eso: arias, dúos, tercetos, eso es lo que le 
gusta, eso es lo que entiende; lo demás, la 
melopea dramáticamente acentuada que han 
puesto en moda los alemanes por los tiempos 
que corren, es para nuestro público una es- 
pecie de volapuk musical. Denle cavatinas y 
estará contento. No lo quiere confesar, pero 
se aburre, ¡ya lo creo que se aburre!, cuando 
no surje de la orquesta una melodia pegajosa 
al oído, ó un ritornello á la moda antigua. 
Ahí El público que bostezaba anoche du- 
rante el admirable dúo entre el Gran Inqui- 
sidor y Eelipe Ií, necesitará un enlvaincmenl 
especial (como se dice en términos hípicos), 



— 100 



para llegar á comprender la grandeza de 
Wagner y la superioridad de su escuela. 
Tiemblo desde ya por el éxito de Lohengrin. 
.Alas de cuatro se van á quedar in albis, sin 
saber siquiera de lo que se trata. 

Lo mas aplaudido de la noche fué el final 
del tercer acto, es decir, la muerte del mar- 
qués de Posa. Cinco llamadas á la escena para 
Scotti, y ¡qué llamadas! Con «bravos», gri- 
tos de entusiasmo y flores arrojadas por dos 
ó tres cazueleras sensibles... en una palabra: 
ovación. Merecida, agregaré. Nunca ha can- 
tado Scotti como anoche; nunca ha mostra- 
do tan completas sus facultades de cantante 
y de intérprete. En el primer acto fraseó co- 
mo Battistini, con una delicadeza, una ele- 
gancia de dicción, una fácil desenvoltura ver- 
daderamente admirables; en el tercero, se 
mostró superior á Kaschmann. Desde el mo- 
mento en que Rodrigo recibe el balazo, Scot- 
ti se agiganta. Hay que ver esa agonia, ver- 
dadera creación artística, para ciarse una idea 
de lo que vale el distinguido barítono. Hay 
allí, entremezclados con el canto, unos ester- 
tores, unos hipos, que son de una audacia 



— 101 — 

realista desconocida hasta ahora en las esce- 
nas líricas. Aquello impresionó, conmovió y 
arrebató á todo el mundo, á pesar de la ca- 
zuela y de su cotorreo insoportable, que cu- 
bría por momentos la música y el canto. 
Hay mujeres que no debían ir á la cazuela 
sino con bozal: así tal vez no incomodaran 
con su charla á la gente pacífica de la platea. 
Anoche la cosa tomó un color subido: eran 
peleas, pellizcos, chillidos, risas, murmullos, 
rumor de abanicos... Por favor, señoritas: 
un poco de distinción y de compostura no 
está nunca de más en el teatrol 

Mariacher tiene en la ópera un papel in- 
grato, al cual, sin embargo, da realce con una 
correcta interpretación, y el poderoso auxilio 
de su voz magnífica. En los pasajes de fuer- 
za, hízose aplaudir con entusiasmo, como la 
Gini en el aria última, el único trozo de me- 
lodía apasionada que tiene en el largo trans- 
curso de su parte dificilísima. La Borlinetto 
hizo una princesa de Eboli encantadora. En 
cuanto áErcolani, largos y justicieros aplau- 
sos saludaron al concienzudo intérprete y al 
distinguido cantante después del aria Ella 



— io: 



giammai mamó. La orquesta se desempeñó 
perfectamente bajo la dirección de Cimini; 
los coros anduvieron satislactoriamente; la 
mise en sccne resultó apropiada y lujosa... 
En resumen: un conjunto muy aceptable. El 
pistón de la banda estaba un poco resfriado, 
pero era cosa de poca monta, fecal a minuta. 
Eso, los impertinentes bostezos de una veci- 
nita, que sin embargo se declaró idólatra de 
Gioconda (ó sea el (Maitre de Jorges del tea- 
tro lirico), y la sublevación parcial de la ca- 
zuela, me acibararon una parte del gusto con 
que escuchaba el Don Carlos. Dios se lo 
tome en cuenta al pistón, á la vecina y á las 
cazueleras. 



A: 



ntenociie, al salir del teatro, tropecé con 
Bonetti, el activo 6 inteligente secretario de 
la compañía lírica. Conversamos largo rato 
sobre música y artistas; sobre el tema eterno 
de la miseria que agobia á Montevideo en las 
actuales circunstancias, y finalmente sobre 
los medios más eficaces para atraer al público 
despertando su curiosidad. — «¿Le parece que 
vendrá gente á ver Uamico Friiz}» — me pre- 
guntó. — «Hombrel» — le contesté — «si la gen- 
te no viene atraída por el acontecimiento mu- 
sical del año, aquí, donde se tiene una ilimita- 
da admiración por Mascagni, será porque no 
hay público para nada.» — «Se dará entonces 
L'amico Fritz.» — «¿Cuándo?» — «Pronto.» — 
«¿En la semana?» — «Haremos lo posible». 

Con este anuncio tan halagüeño fui á casa, 
revolví papeles, busqué diarios, periódicos, 
saqué de mi colección de librettos el de la 



lo. 



última producción de Mascagní, y me preparé 
á charlar un rato, con los lectores, sobre un 
tema tan interesante.— El argumento de la 
ópera ha sido sacado de una famosa novela 
de Erckmann Chatrian que lleva el mismo 
nombre, pero lo cierto es que el libretista 
italiano Xicola Daspuro, (que usa el pseudó- 
nimo de Suardon), no ha sabido conservar 
en los personajes ni en las situaciones el vi- 
goroso relieve que les dieron los autores fran- 
ceses. 

Frilz, en la novela, es el tipo del epicúreo, 
para quien la felicidad suprema está en la 
materialidad del placer, en el reposo abso- 
luto, en el alejamiento sistemático de toda 
lucha. Xo tiene más ambición que la de vivir 
tranquilo, y pasa los años mejores de su vida 
bebiendo y jugando con sus amigos. Llega 
asi á los treinta y cinco años, felicitándose 
cada vez más de haber sabido permanecer 
soltero, lo cual, según una frase suya, le 
permite tener (dos pies calientes, el vientre 
limpio y la cabeza iría». Uno de sus amigos, 
sin embargo, el rabino David, le predica de 
continuo la necesidad del matrimonio, pero 



- io 5 ~ 

sin mayores resultados. Sin embargo, lo que 
no consiguen hacer los apólogos y las citas 
bíblicas del rabino, lo hace, lenta, pero se- 
guramente, la dulce presencia de Suzel, una 
virgen alemana de diez y seis años, que des- 
cuella en el arte de hacer repostería y dulces 
exquisitos, Fritz, sintiéndose dominado por 
Suzel, se aleja de ella; procura distraerse; no 
lo consigue; la busca en una fiesta campestre, 
arrastrado por una pasión delirante, por la 
suprema necesidad que tiene de poseerla. Se 
encuentran; se abrazan; Fritz pide su mano; 
se desposan... y tienen muchos hijos... — Esto 
último no lo dice la novela, pero puede ase- 
surarsc sin escrúpulos, porque es moda co- 
rriente en los Yosgos. 

Como se vé, la trama de la novela está 
muy lejos de ser dramática. El líbrelo de la 
ópera está más lejos aun de lo mismo. El pú- 
blico no asiste á la lucha psicológica del 
egoísmo y del amor de Fritz, tan interesan- 
te en el libro de Erckmann Chatrian. Fritz 
se muestra apasionado desde las primeras 
escenas, y cae en la categoría de los amorosi 
falsos y convencionales del antiguo reperto- 



— ioó — 

rio. En el argumento de ISAmico Fritz no 

hay, por consiguiente, elementos patéticos; 
apenas si hay un tema idílico, que se pres- 
taría tan solo á un desarrollo sinfónico para 
un maestro de menos inspiración que Mascag- 
ni. Este ¡válgale su excepcional talento! ha 
podido escribir una ópera en tres actos, bor- 
dando brillantes páginas musicales sobre un 
cañeras dramático que no vale seguramente 
dos cominos. 

.Ale parece conveniente dar aquí una idea de 
cómo ha dividido Daspuro y repartido la 
acción en los tres actos de su libretto. — El 
primer acto pasa en casa de Eritz Kobus. La 
escena representa un comedor dispuesto con 
muebles de roble tallado. Al fondo, dos gran- 
des ventanas con vidrios de color; á la izquier- 
da, dos ventanas abiertas sobre una terraza y 
por las cuales se distingue el techo de las cr- 
sas y la copa de los árboles — Es la hora en 
que se pone sol — Al levantarse el telón, Eritz 
se halla ocupado en entregar una suma al ra* 
bino David, gran manipulador de matrimo- 
nios, y óste apuesta á que es capaz de inducir 
ó Fritz á casarse, á pesar de su obstinada 



— io 7 — 

aversión por el estado conyugal. Los amigos 
de Fritz vienen á festejar su cumpleaños y se 
sientan á la mesa, menos Beppo el zíngaro, 
que llega cuando los demás están comiendo y 
que canta una canción en honor de Fritz. Al 
mediar la comida llega también Suzel que 
ofrece flores á Fritz diciéndole que son unas 
pobres violetas, «aliento de Abril, perfume 
grato», que para dárselas robó á la luz del 
sol. El acto termina con un coro interior de 
niños y campesinos, que se acercan poco á 
poco para venir á festejar al señor Fritz por 
sus bondades y su alma caritativa- 

El segundo acto pasa en la granja de Fritz. 
Al fondo, detrás de un muro se vé un cerezo 
que estiende sus ramas sobre el corral. A la 
derecha hay un pozo, con abrevadero. Es la 
hora del alba. — Comienza el acto conuneoro 
de paisanos que se alejan para ir al trabajo. 
Fritz, despertado por aquellas voces, se aso- 
ma á la ventana debajo de la cual está Suzel, 
y entabla con ésta un diálogo. Fritz baja á la 
escena y comienza el célebre dúo de las ce- 
rezas. Sigue á este una escena entre David y 
Suzel, en la cual el episodio de la leyenda 



bíblica de Rebecca es recordado por ambos 
en un diálogo de rápida factura. Fritz, en 
cuyo corazón ya germinan los celos instiga- 
dos por el rabino, huye de la granja para evi- 
tar la presencia de Suzel y tratar de olvi- 
darla. 

En el tercer acto nos hallamos nuevamen- 
te en casa de Fritz, y aquí los sentimientos 
de los dos principales personajes asumen el 
\igor de la pasión. Al anuncio de que Suzel 
será esposa de otro, Fritz llega á la exalta- 
ción del dolor y de la ira. Desarróllase enton- 
ces el gran dúo final y la revelación del amor 
de ambos, que resume y sintetiza la psicolo- 
gía del drama. 

Tal es la síntesis del libretto, que encuen- 
tro, aunque anodino, notablemente vcrsifi- 
eado. El diálogo es rápido; la estructura de 
las escenas completamente nueva. — En cuan- 
to á la música, la partitura comienza con un 
preludio de factura deliciosísima, en el cual 
surgen desde ya los temas musicales de las 
escenas más plácidas de la obra. El primer 
diálogo entre David y Fritz está sostenido 
por un minucioso trabajo de orquestación, 



— io9 r- 

Siguen: el arla poética de Suzel, al entregar 
las violetas á Fritz; un solo de violin, entre 
bastidores, bastante bonito; la canción del 
zíngaro; una invectiva enfática de David, sin 
interés musical ninguno, y el brillante final, 
compuesto de una marcha tocada en el fondo 
del teatro, por instrumentos que se aproxi- 
man, poco apoco, con una habilísima gradua- 
ción de efecto. 

El segundo acto es el más hermoso de la 
ópera. El análisis de las bellezas que se suce- 
den sin interrupción, ocuparía un espacio 
del cual no dispongo: por eso me limitaré á 
enumerarlas. Después de los pocos compases 
déla introducción, se eleva lento y triste un 
coro interno, apoyado por el oboe, que 
acentúa melancólicamente, á la distancia, la 
melodía: una canción popular alsaciana. Si- 
gue á esta página conmovedora la balada de 
Suzel, de hermosa y sencilla estructura. Inme- 
diatamente se inicia el dúo famoso ya de las 
cerezas que es el trozo más inspirado de toda 
la obra. Un crítico ha dicho, refiriéndose i ese 
dúo. que «la melodía parece haber sido susu- 
rrada al oido d<: M.t-:,;J)i | &RgW¿ (| 



— no — 

Beato Angélico; las notas son acariciantes; pa- 
recen rumor de besos, murmullo de frescas 
aguas, canto de aves vocingleras en el seno 
de las frondas. Si Mascagni no hubiera escri- 
to nada más que este dúo, habría ganado, 
solo con él, el derecho á la gloria y á la in- 
mortalidad!)) 

Sigue á este pasaje magistral un trozo de 
música picaresca digno de Bizet, y después el 
dúo bíblico en el cual David arranca al tierno 
corazón de Suzei su amoroso secreto. Hay 
momentos en que la frase melódica ad- 
quiere la magestuosa grandiosidad de un sal- 
mo. El final del acto no está ala altura de 
las inspiradísimas creaciones que lo ante- 
ceden. 

El tercer acto se inicia con un intermezzo 
magnífico, pero inoportuno, y que no tiene 
relación con las escenas que siguen. May que 
mencionar también un coro interno, una se- 
gunda canción de Beppo, la romanza de Eritz 
y el lamento de Suzel. Concluye la ópera con 
un dúo entre los dos protagonistas, e.¡ 
el s. nto ha sido, por desgracia, 

rado con iipjpe >, a tal punto, 



— III — 

que choca violenta mente con el tono suave y 
melancólico de todo el resto de la obra. 

Tal es, como drama y como música, la se- 
gunda ópera de Mascagni, que probablemen- 
te tendremos el gusto de oir antes que con- 
cluya la semana. Mis votos de dileltante son 
que su estreno en Montevideo tenga el 
mismo éxito estruendoso y productivo que 
obtuvo la Cavalleria Rusticana. 



MONÓLOGO 



PERSONAJE : EL CRITICO 



(Habitación de soltero honesto, á la una de la mañana.— Mesa 
con útiles para escribir; muchos libros diseminados por to- 
do el aposento; algunas fotografías de artistas clavadas en 
la pared.— El crítico entra en puntillas de pies y enciende la 
luz de una bujía.) 



A, 



l fin!... cNo' habré despertado á nadie? 
Esa maldita puerta rechina de un modo... 
{bosteza). Ah! qué cansado estoy!... Sonó pro- 
firió stanco, davvero. Es curioso; siempre que 
vengo del teatro, me da por hablar italiano. 
(Deja el sombrero , quítase los guantes), Y aho- 
ra á escribir, que el tiempo vuela, Tengo que 



— ii 4 — 

hacer mí artículo... (bosteza). Cómo para ar- 
tículos estoy ... Ale muero de sueño, y con ra- 
zón, puesto que es ya más de la una. Y tener 
que escribir á estas horasl... ¡Con qué ganas 
me acostaría! (Se sienta refunfuñando junio á 
la mesa, dispone las cuartillas y enrístrala plu- 
ma). Es que no sé cómo empezar... No se me 
ocurre nada esta noche... La cena en lo de 
Charpentier me ha embrutecido... Hice mal 
en probar el paté; ahora lo siento, y pésame. 
Señor, pésame... en el estómago.,. (Pausa 
durante la cual parece reflexionar)... (Cómo 
empiezo, cómo entro en materia?... (Arro- 
jando la pluma). Decididamente: estoy hecho 
un bestia (Leva ntase, y paséase agitado.) 

Maldito Saint Emilion... jCómo se sube á la 
cabeza!... No puedo hilvanar dos ideas segui- 
das... i Y que esto me suceda hoy, precisa- 
mente hoy, cuando más obligado me hallo á 
escribir una crónica regular, una cosa que se 
haga leer!... ¡Porque miren que cantó bien la 
Pettigiani!.,, (Tararea) Alfi-in son tu-u-u-a,,, 
al fí-in-m mí-í-i-0M.Es una gran cantante,,, 
De veras; me gusta, me gusta y me gusta,,. 
¡Qué limpieza, qué afinación, qué maestría!.. 



— ii5 - 

Todo lo que se diga es poco. Cuando la 
Pettigiani se pone á hacer gimnasia con la 
voz, trepando por las escalas, saltando de un 
agudo á otro agudo, corriendo por los arpe- 
gios, aquello lo deja á cualquiera con la boca 
abierta. (Tararea) Un armonía celeste, di, non 
asco-o-o-ol-ti?... Parece un pájaro que gor- 
gea... Y después, es una artista tan simpáti- 
cal... Tiene un modito tan suave, tan dulce 
y tan distinguido!... Es que posee esa gracia 
que es mil veces más bella que la belleza 
misma... (recordando) ¿Quién diablos ha di- 
cho esto antes que yo? Porque me suena á 
conocido.,, (después de un rato). Ah! sí; La- 
fontaine: Et la gráce, plus belle encoré que la 
beauté... Eso es. (Bosteza; sentándose de nue- 
vo). Caramba! la una y media, y no he escri- 
to una sola línea... Y la verdad es quetendría 
que hablar de la Gini, y de V Arlessienne , y 
de otras muchas cosas interesantes,.. Estuvo 
bien la Gini: ya lo creo que estuvo bien!... 
Es una Santuzza de primer orden... Me im- 
presionó en el racconto, y eso que ya estoy 
duro de pelar para que me impresionen fácil- 
mente... Lo que más me ha gustado es que 



— lió — * 

no persigue ios efectos de relumbrón, tari 
fáciles de conseguir, adulterando el carácter 
de la protagonista y haciendo de una aldea- 
na sencilla y hasta vulgar, una de esas muje- 
res fatales que usan amarga la sonrisa, su- 
prema la mirada, y el gesto impresionante de 
la clásica tragedia... La Gini no cae en esos 
errores de interpretación... ¡Qué esperan- 
zas!... Es demasiado inteligente para ello... 
Y canta... ¡vaya si canta bien!... Habia que 
oiría en los dos dúos con el amante y con el 
marido. . . Xo, y lo que es Mariacher ha hecho 
también un buen Turiddu; su última escena, 
sobretodo, estuvo perfectamente detallada: 
{bostezando). Aaaah!... Yes linda la escena, 
¡qué frases!... |qué electos!... Hay que sacarle 
el sombrero á Mascagni, después de oir tanta 
melodía de valor inapreciable... Pero seamos 
justos: Mariacher la interpreta bien — ¿Y Ter- 
zi?. . . el dúo de la venganza: Ad essi io non per- 
dono, vendetta avró... Lo ha dicho con brío, 
con fuego, con energía... No: en rigor de ver- 
dad, estuvo bien... Pero me resultó demasiado 
buen mozo para hacer de Alfio: tenía mas 
cava — tenurio de aldea, que de marido etn- 



— í¡7 -* 

bretado para la lidia... Si Alíio hubiera sido 
tan joven como aparece Terzi, de seguro que 
Lola no lo engaña... Apropósito de Lola: 
qué linda salió anoche!... La Borlinetto es la 
actriz única para ese papel; posee todo lo ne- 
cesario: belleza, gracia, provocativa desen- 
voltura, voz y arte. Pobre Turiddu! Com- 
prendo que esa mujer lo tenga trastornado... 
Una señora me decía en un palco, mirándola 
con los anteojos: — «Pero, no es tan linda como 
usted dice.» — «Señora,»- le contesté, acor- 
dándome de una frase de Mme. Porval — «en- 
tonces es algo peor que eso.» — «¿Cómo, 
peor?» — «Sí, porque es interesantísima, y el 
interés de una mujer es más peligroso que 
su hermosura.» 

{Levantándose y con resolución). No escribo. 
Estoy imbécil como si tuviese el cráneo relle- 
no con gelatina... Por hoy se quedará el dia- 
rio sin crónica. (Comienza d desnudarse)... 
Y no volveré á cenar en lo de Charpentier: 
su Saint Emillon me turba las ideas (Se 
acuesta). Y ahora á hacer nono. (Pausa). ¡Dia- 
blos! cómo me pesa el ftaté... (Pausa), Esto 
me faltaba; acordarme ahora de L'AvUmn* 



- uS — 

nc. . . Voy á tener esa música dentro de la ca- 
beza durante un par de horas por lo menos. 
(Medio dormido). ¿No lo digo?... Ahora sue- 
nan las panderetas y (bosteza) los timbales... 
(Pausa)... Es que es tan bonita como elegan- 
te... (Pausa). Y ahora el solo de flauta... (bos- 
teza). Que inspiración tan sencilla! (/ 
¡Ah! Bizet era un compositor extraordina- 
rio... y Cimini (bosi - un buen director 
de orquesta... Ya lo creo!... (Ronca). 



M. 



uciias caras bonitas á mi alrededor, ano- 
che, en la platea. Muchos vistosos trajes. En 
todo el teatro una no acostumbrada anima- 
ción, un brillo excepcional en la temporada 
presente. La cazuela y el paraíso, macizos. 
Los palcos, cosí cosí. Extraordinaria reunión 
de músicos y dilettantis distinguidos. Gran 
interés por conocer la nueva producción de 
Mascagni, antes de comenzar la ópera; gran- 
des controversias en los pasillos, durante los 
entreactos, sobre el mérito mayor ó menor de 
los trozos oídos...; gran desencanto final co- 
mo síntesis de todas las impresiones recibi- 
das por el público. 

Porque no hay que darle vueltas: en gene- 
ral, L'Amico Frit-i no ha gustado. Han sido 
aplaudidos dos ó tres pasajes, á lo más, El 
final del segundo acto, el interínelo, la can- 
clon de Beppo en el acto tercero... y pare us- 



— 120 — 

ted de contar. El público ha dejado pasar lo 
dem's en medio de la frialdad más absoluta. 
Y no es que la música sea de difícil compren- 
sión: al contrario. El defecto capital que le 
encuentro es que al oírla nos parece haber- 
la oído toda la vida. Las frases melódicas se 
suceden, unas vulgares, otras hasta triviales, 
muy bien aderezadas, eso sí, con intromisio- 
nes rarísimas del flautín, de los oboes, ó de 
las trompas. Hay. sin duda, en la nueva ópe- 
ra mucho bueno y mucho nuevo, pero casi 
podría decirse ((que lo bueno no es nuevo y 
lo nuevo no es bueno.» Ante ciertas frases, 
siente uno ganas de descubrirse como hizo 
cierta vez Voltaire — (y si no fué Yoltairc, lo 
mismo dá)— y como quien saluda á antiguos 
conocidos. Hay una melodía del barítono, en 
el acto segundo, que ha sido de Meyerbcer 
antes de ser de Mascagni, y el pobre Bizet 
tiene ex\U Amico Frit? x una participación pos- 
tuma en extremo curiosa. 

Mi vecino de butaca, que desgraciadamente 
para mí, resultó ser una persona de mucho 
oído, me tuvo toda la noche fastidiado con 
observaciones de este género;*- «Esto es de 



— \2i 



Carmen!» — «Esto es de la Mascotte!» — «Esto 
se parece al dúo de los paraguas!!!» Solo le 
faltó encontrar un parentezco entre L'Amico 
Frit^ y La Gran Via. — Será esa opinión todo 
lo estravagante, paradojal y ridicula que se 
quiera, pero encierra en el fondo un princi- 
pio de verdad, que he notado ya en Caballería 
Rusticana: la música no dramática de Mas- 
cagni, parece música de opereta. Es ligera, 
juguetona, banal, como la entrada de Aiíio 
y el brindis de Turiddu. Confieso que el 
maestro sabe revestir y ornamentar esas vul- 
garidades con primorosos acompañamientos, 
que inventa deliciosas combinaciones instru- 
mentales, que consigue efectos nuevos por 
medio de complicaciones armónicas rebusca- 
das; pero todo eso no basta. La salsa es es- 
quisita, pero lo sustancial del plato melódico 
que nos sirve Mascagni, resulta precisamen- 
te... insustancial. La fórmula sería esta: mú- 
sica de zarzuela instrumentada como una 
grande ópera. 



Nadie admira más que yo las hermosas pá- 



— %2t *-~ 

9 dramáticas que ha producido ía pi 
te inspiración de Mascagní. Encuentro en 
ellas expontaneidad, vigor, frescura, y, sobre- 
todo, profunda verdad en la expresión del 
sentimiento humano. Pero en L A mico Frit\ 
nos hallamos muy lejos de Cavalleria Rusti- 
cana. Xo estamos ya en el drama de situacio- 
nes enérgicas y conmovedoras; nos encontra- 
mos en pleno idilio, de tan suaves caracteres, 
que resulta anodino ó poco menos. De ahí 
que la música esa no tenga arranques, no en- 
cierre pasión y no vibre y repercuta en el 
auditorio. Es una música elegante, — dema- 
siado elegante para la rusticidad del argu- 
mento, — con ciertas inoportunas afectaciones 
de originalidad, que contribuyen precisamen- 
te á convencer de que esa originalidad brilla 
por su ausencia. 



Hablan del dúo de las cerezas. Es muy bo- 
nito. Precioso. Pero, ¿dónde está su efecto 
teatral? Es una dulce y melancólica melodía, 
cuyo encanto está precisamente en la poética 



— m — 



palidez del colorido. No hay en él una frase 
ardiente, un grito del alma, una apasionada 
explosión. Agrada, deleita, pero no subyuga, 
no se impone ni al corazón ni al espíritu. Y 
el público ha sido de mi opinión, porque lo 
dejó pasar en silencio. Aplaudimos tres ó 
cuatro que estábamos de antemano en el se- 
crato de que era lo más aplaudible de la ópera. 
Y lo mismo digo de toda la melodía idílica del 
segundo acto. Es bonita, de una íactura mu- 
sical inmejorable — (según dicen los peritos, 
que yo de eso no entiendo) — contiene algunas 
novedades en la parte orquestal, pero en re- 
sumidas cuentas, es una música débil, tea- 
Ir almente considerada. Parece, más bien que 
una ópera, una sucesión de romanzas, de 
dúos y tercetos de salón. Es que carece de 
esa inspiración dramática, que es única para 
apoderarse del público y entusiasmarlo des- 
pués de conmoverlo. 

En cuanto ala penetrante poesía campestre, 
al colorido rústico de que, según dicen, está 
impregnado L' Amico Fritfo francamente no 
los veo. Por el contrario, noto en los acom- 
pañamientos una persistente tendencia há> 



— 124 — 

cia el rebuscamiento y la elegancia, que 
nunca estará bien en música verdaderamente 
campesina. Y las cosas buenas que hay, como 
colorido, como expresión del medio ambien- 
te, recuerdan demasiado los giros, el estilo, el 
movimiento, y diré mejor, la ondulación de 
IS Arlessienne de Bizet. — Por otro lado, hay 
momentos en que la acción expresa una cosa y 
la música dice otra, como en el dúo final de 
amor. Idilio en la escena: tragedia en la or- 
questa. Allí la alegría plácida de un amor 
triunfante; aquí un desenfreno de sonoridades 
intempestivas, con intervención estruendosa 
de los cobres, del bombo, y de los platillos. 
El mismo intermezzo^ de corte tan elegante y 
tan nuevo, está de más en la obra. ¿A qué 
viene? cQué significa? cQué expresa? Es un 
injerto sinfónico, cuyo estilo no armoniza con 
el tono general de la obra, y que se despega 
de ella, por su misma fuerza de expresión, y 
su vigor de colorido. 



Con todo, hay que agradecer á Ferrari que 
nos haya presentado en escena la última nove- 



dad musical europea, con el esmero y la pro- 
piedad que requiere una obra de factura tan 
delicada. UAmico Frit7 L no agradará en su 
conjunto, pero es siempre una manifestación 
elocuente de los progresos realizados por el 
maestro que promete más y mejor en los ac- 
tuales momentos. En eso convienen todos los 
entendidos: la música de UAmico FriL- está 
mejor hecha que la de Cavalleríci. Si no agrá* 
da tanto como ésta se debe á que, en el tea- 
tro, — (y disculpen la perogrullada) — se nece- 
sita ante todo que una obra sea teatral. 
UAmico Fritz no lo es; ergo no gusta, por 
bien interpretado que sea. Anoche, por 
ejemplo, no ha valido de nada la ejecución 
bastante satisfactoria de los artistas, y admi- 
rable de la orquesta. — Cimini, enamorado de 
la música de Mascagni, puso en la interpreta- 
ción orquestal meticuloso cuidado, verdadera 
pasión de artista, dando poderoso relieve á la 
melodía] y comunicándole su propia nervio- 
sidad. El maestro fué aclamado, y puede 
decirse, sin exageración, que para él fueron 
los lauros de la noche. — La señorita Pettigia- 
ni hizo, según era de esperarse, una Suzel 



126 — 

monísima, una alsacianita a croquer, como 
dicen los iranceses. Pero la tessitura de su 
parte es muy baja para su voz: está escrita 
para una soprano de medio carácter y no 
para una soprano ligera. — En cuanto á Scotti, 
intérprete siempre concienzudo, hizo una 
creación de su parte, y como cantante, deta- 
lló artísticamente el dúo con Suzel, cuyas 
lindísimas frases resultan desgraciadamente 
ahogadas por el acompañamiento. 



H, 



e oído mucha música en mi vida, (y ele 
esa mucha, una gran parte genuinamente 
alemana), gracias á tres hermanitas mías que 
martirizan el teclado, diariamente, desde las 
(S hasta las n (a. m.) y desde la i á las 3 
(p. m.). Son discípulas de Mme. Suhr, que 
les impone cinco horas diarias de Mozart. de 
Haydn, de Beethoven, de Mendelssohn, de 
Bach, de Schuhmanl Hace siete años que me 
despierto oyendo música alemana y que di- 
giero el almuerzo en la misma agradable ta- 
rea. ¿No les parece á ustedes suficiente base 
para aspirar al derecho de tener una opinión 
propia acerca de la música wagneriana? Así 
como para graduarse de gourmet es forzoso 
pasar por el desagrado de muchas indigestio- 
nes previas, para llegar a ser entendido en 
música hay que resignarse á sufrir con pa- 



— 128 — 

ciencia más de una indigestión de música 
pesada. Como he pasado ya por todo eso, 
puedo, por consiguiente, preciarme de cono- 
cedor, de manera que no les sorprenderé á 
ustedes si declaro que el Lohengrin me ha 
parecido una maravilla. Pero lo que no se 
explicarán satisfactoriamente es cómo el pú- 
blico (que no tiene como yo tres hermanitas 
que le atosiguen dia y noche con música clá- 
sica), ha comprendido de primera intención 
esa música imprevista, original, extraña, 
aplaudiendo con raro tino los pasajes más be- 
llos y revelándose perito catador de cosas 
nuevas. 

Lo confieso: más que la hermosura impon- 
derable del Lohengrin me ha asombrado la 
inteligencia que anoche mostró nuestro pú- 
blico. Reinaba en la sala, á pesar de la aglo- 
meración de gente, un silencio profundo, casi 
solemne. Cierto es que el de anoche era un 
público especia lisimo: una mitad del teatro 
estaba ocupada por alemanes, de esos que 
oyen las óperas de Wagner con más recogi- 
miento que un sermón. La prueba está en 
que por respetar la integridad de la frase me- 



— 129 — 

lódica y por no cortar el encanto que produ- 
ce esa música divina, el público guardó sus 
manifestaciones para la terminación de los 
actos, estallando recien entonces en grandes 
y entusiastas aplausos. 

También ¿era posible que no gustara esa 
músiea incomparable, que auna, en estilo 
sobrio y elegante, la magestad y la gracia, lo 
inmenso y lo bonito, el fragor de las pasiones 
desencadenadas, y la beatitud serena de las 
almas apacibles? Desde los primeros compa- 
ses del magnífico preludio, comprendí que el 
público no se abuVriría con ^aquella música. 
Y una vez levantado el telón, cuando al pri- 
mor de la melodía se unió el esplendor del 
verso, el interés de la acción dramática y los 
deslumbrantes efectos del decorado, pronos- 
tiqué el éxito completísimo que más tarde se 
produjo. Era imposible sustraerse á la pode- 
rosa influencia de aquel conjunto de cosas 
bellas, extraordinarias, nunca vistas ni oidas. 
— Tiene razón Zola: el público concluye siem- 
pre por aceptar lo que el verdadero talento 
quiere imponerle. Anoche, bajo la influencia 
sin duda de un benéfico encantamiento, 

* 5 



aceptó todo, sin manifestar siquiera extrañe- 
za ó disgusto. Con decir que le parecieron 
cortos los dúos del Segundo acto, se darán 
una idea de lo deleitado que estaría con esa 
partitura que es toda fineza, estudio, análi- 
sis, que no contiene un solo giro inútil, ni 
una combinación armónica que no sea apro- 
piada, ni una explosión sonora que desento- 
ne. Tocio en ella está medido, calculado y 
previsto; no hay un solo detalle que no tenga 
su objeto, y algunos hay tan felices, que se 
sobreponen á la belleza misma de la melodía. 
Así, por ejemplo, en el racconto de Elsa, en 
el primer acto, hay un acompañamiento en 
la orquesta, de oboes y timbales, que expre- 
sa y pinta mucho más que la frase cantada. 
Y como este detalle, cien más, que pasan 
forzosamente desapercibidos en una primera 
audición. 

((Las cosas bellas deben estar hermosamen- 
te vestidas», ha dicho Goncourt, y Wagner, 
siguiendo ese precepto estético, ha revestido 
con primores, con magnificencias armónicas 
las desnudeces de su inspiración. iEl chasco 
que me he dado! Yo creía que para oir la 



— 131 — 

m tísica de Wagner era necesario proveerse 
previamente ele algodón en rama, cosa de 
taparse los oídos cuando las trompas, los 
trombones, los pistones, el bombo y los pla- 
tillos desencadenaran su estruendo, y en vez 
de eso me he encontrado con las más deli- 
ciosas combinaciones del oboe y la flauta, 
con arrastres lánguidos y voluptuosos de la 
melodía sobre las cuerdas de los violines y 
con las más poéticas intervenciones del arpa. 
No puede haber nada mas bonito ni más per- 
fecto; no existe un más allá en la ciencia de 
la instrumentación. La melodía surge explen- 
dorosa, como nueva Venus, de esa brillan- 
te espuma armónica, y aparece tan suave, 
tan delicada, que, con el poeta, podría decir 
que es, 

Frele, comme une aile d'abeille 
Fraiche, comme un cceur de rose-thé ! 



No concluiría nunca si siguiera hablando 
cela ópera, y me parece justo ocuparme de la 
interpretación, sobre todo si se tiene en cuen- 
ta que ha contribuido enormemente al éxito 



— 132 — 

ele anoche. Ha sido, sin duda alguna, la más 
correcta vía más completa de la temporada. 
Cada artista ha tenido anoche el papel más 
propicio á sus facultades: ha sido ¿he right 
man in the right aplace (ó ¿he right ?vo??ian, 
según el sexo). Y como Ferrari ha echado la 
casa por la ventana para poner el Lohengrin 
en escena con un cxplendor nunca visto en 
las teatros americanos, y aun en muchos eu- 
ropeos de primer orden, de ahí que el con- 
junto haya resultado verdaderamente sober- 
bio. Pero antes de hablar de los cantantes 
debo mis felicitaciones al maestro Conti, por 
el feliz desempeño de su orquesta, que ha ga- 
nado tal vez los mejores lauros de la jornada. 
Nunca música tan difícil ha tenido ejecución 
más brillante y más cuidadosa á la vez; los 
sesenta profesores han rivalizado no sólo en 
precisión, sino en gusto. Conti, al empuñar 
la batuta, les dijo con aire solemne, parodian- 
do á Nelson: — «Señores, el Arte espera que 
cada cual sabrá cumplir con su deber)). — Y 
cumplieron, ¡ya lo creo! como que la orques- 
ta fué aclamada cuatro veces en la persona 



- 133 - 

de su simpático director y maestro, durante 
el transcurso de la ópera! 



La señorita Bordalba ha hecho del papel de 
Elsa un estudio especial. No me habían enga- 
ñado al asegurarme que lo interpretaba de 
escepcional manera. No'sólo la parte de canto 
— (que en esta artista es siempre correcta,) — 
sino también la parte dramática, han sido do- 
minadas por la Bordalba en la ópera de ano- 
che. En el primer acto, tuvo felicísimos mo- 
mentos: en la narración de su sueño; cuando 
pide que por segunda vez se llame á su defen- 
sor; en el dúo con Lohengrin, y en el grandio- 
so final que dominó con una bellísima nota, 
límpida, clara, vibrante sobre el fragor de la 
orquesta y délos coros reunidos. — En el se- 
gundo acto, dijo con dulzura y expresión la 
cantilena Aurette d che si sfieso, y toda su par- 
te en el dúo con la Borlinetto.— En el tercero, 
en el famoso dúo de amor, interpretó con ex- 
traordinario talento, y su voz de oro, purísima 
en los agudos, cálida y vibrante en las notas 
graves, realzó frase por frase el mérito de la 



- 134 — 

música divina. No se podia ambicionar una 
Elsa mejor, más posesionada de la poética 
belleza de su papel. — Mariacher ha hecho un 
Lohengrin de primer orden: ha dicho con 
gusto la hermosísima frase del primer acto, 
Cigno gentil; dio fuerte colorido á la narración 
del Sanio Graal, que provocó una ovación — 
La Borlinctto, muy aplaudida en su impreca- 
ción del acto segundo; Terzi, descollando en la 
interpretación dramática de su papel, quesos- 
tuvo perfectamente desde el principio hasta ej 
fin; Ercolani, hecho un re}' Gambrinus re- 
pleto, como los legendarios héroes del Vaina- 
Ha, de sendas tajadas de cerdo, remojadas 
con no menos sendos tragos de hidromiel. Li- 
monta mismo, en su papel de heraldo, ha 
merecido aplausos, como el maestro Clivio, 
director de las masas corales. — En resumen: 
una interpretación escepcional y un éxito tan 
grande, que ha determinado la repetición del 
Lohengrin para osta misma noche. Con que, 
quedan ustedes advertidos. ¡Hasta luego! 



Omftk BA-fiA'M 



(la caligaris— la muziani— la DENUNZIO 

SALTO -ELIAS) 



E 



[sperada encontrarme anoche con el tea- 
tro repleto, al solo anuncio del «Trovador». 
Con que vayan todos los viejos, pensaba, to- 
dos los que venen el «Trovador» un pretexto 
para evocar gratos recuerdos de tiempos me- 
jores, y los que siempre fastidian recordando 
á cada paso á Tamberlick y á Mirati, hay para 
llenar dos veces la vasta platea del Politeama. 
Pero los viejos no fueron y los jóvenes, que 
acaban de oir el «Lohengrin», se permiten 
mirar á la música de Verdi por encima del 
hombro, sin considerar que es la más inspi- 
rada, la más pasional, y, en una palabra, la 
más joven de todas las músicas. 

En resumen: una entrada solamente satis- 
factoria cuando, en buena justicia, debia ha- 
ber un lleno macizo. Porque, no. hay que 
darle vueltas, la compañía, en conjunto, es 
excelente, salvo uno ó dos lunares de que 
más tarde hablaré. Por lo pronto tiene una 



— 138 -" 

prima donna que es un portento dg voz, por lo 
grande y bien timbrada. Válgala opinión de 
Aramburo: es la primera voz que existe hoy en 
carrera. A este tesoro natural, la Calligaris 
agrega otras condiciones no menos valiosas: 
canta bien, dice con gusto y sentimiento, posee 
una mímica sobria pero eficaz. Es una actriz 
completísima, que hace concebir muy halaga- 
doras esperanzas respecto al éxito de la tempo- 
rada. 

El público ha simpatizado con esta artista 
desde el primer momento y la aplaude con ver- 
dadero entusiasmo. No cantó anoche una vez, 
ya sola, ya acompañada, que no tuviera que 
salir ala escena, á instancias de la concurrencia. 
La señorita Ravazzi Prandi, que debutó ayer 
en el papel de Azucena, gustó también muchí- 
simo: tiene una voz simpática, con hermosas 
notas.bajas, canta consuma expresión, éinter' 
preta con verdadero talento. En lo último, espe" 
cialmente, descuella sobre la turba-multa de 
los artistas adocenados. Hace mucho que no 
oímos frasear con tanta energía dramática, ni 
accionar con tan feliz acierto en la escena lírica/ 

El otro debutante, señor Scara mella, ha 



tenido un éxito no menos franco y expontáneo. 
La célebre romanza del segundo acto le valió 
los honores del bis, al cual accedió galante- 
mente. Voz fresca y bien timbrada en todos 
los registros, excelente método de canto y gusto 
infinito para decir, son las cualidades sobresa- 
lientes de este barítono. Cantando como ano- 
che cantó, hará mucho camino en poco tiempo; 
cuidando un poco más de acentuar los recita- 
tivos, de dar á cada palabra la entonación 
conveniente, llegará, de seguro, á ser una cele- 
bridad. 

En cuanto al tenor que, (¡oh ironía!) se llama 
Migliore, gritó en el Di quelia fiira,y gritó mal. 
Pero el público aplaudió, y se repitieron los 
gritos! ¡Oh tormento! 



N. 



o nos hablan engañado las cien trompe- 
tas de la fama al anunciarnos las relevantes 
cualidades que, como cantante, tiene la señora 
Muzziani-Rizzoni. Es, indudablemente, una 
actriz hors ligue, una notabilidad en toda la 
acepción de la palabra. Su caudal artístico 
consiste: primero en una bonita voz, muy bien 
equilibrada, con notas bajas de una rara hermo- 
sura; segundo, en una maravillosa agilidad, que 
solo recordamos igualen la Patti: tercero, en 
una afinación pasmosa; y cuarto, en un elegan- 
tísimo modo de decir. Es un caudal suficiente, 
¿no es cierto? Como graciosas, como físicamen- 
te interesantes hemos visto mejores Rosinas; 
como artistas, ninguna. Se puede cantarigual, 
pero nunca se cantará mejor. Es el colmo de 
A a perfección en materia de vocalización, fra- 
seo, agilidad y destreza. 

En las Variaciones de Proch, cantadas en el 
acto tercero del barbero, la señora Muzzia; 



hizo aplaudir con delirio. Se le pidió el bis, y 
repitió. La segunda vez cantó esa aria— única 
quizá como conjunto de dificultades — mejor 
que la primera. El éxito fué completo, estruen- 
doso, triunfal. La soprano ligera del Politcama 
quedó consagrada ante nuestro público como 
portento artístico. 

El tenorElías,quese estrenaba antenoche, no 
se desempeñó mal en el difícil papel de Alma- 
viva. Claro está que si lo comparamos con 
Massini ó Stagno la indiscreta comparación 
lesera desventajosa, pero, con todo, me parece 
un buen tenor de gracia, que suple la escasez 
de sus recursos vocales, con el buen gusto en 
el decir, la elegante desenvoltura en el ademan , 
y bastante posesión de la escena. Posee laagili- 
da de voz de una mujer; gorjea, trina, y reco- 
rre escalas y arpegios como una verdadera 
soprano. Es un tenorino que hará mucho 
camino (y esto, que me ha resultado verso, 
resultará también verdad). 

El bajo bufo, señor Passetto, es un elemento 
discreto y nada mas. En cambio, el barítono 
Moaestí se reveló buen cantante en la parte 
dí.íicilis'm i dv* FLaro. y lució su hermosa voz 



- 143 — 

que ha de proporcionarle grandes triunfos. 
Lanzoni también se hizo notar en el aria de 
la calunnia, que fué cantada como pocas veces 
la hemos oído. 

En resumen: un Barbero muy bueno; mu- 
cho mejor de lo que podía esperarse. 

Anoche se dio Aída, ante un público 
inmenso, que rebosaba en el Politeama. 
Todos los artistas t stuvieron muy bien: la 
Calligaris, la Bellincioni (tan aplaudida en el 
último acto), Lanzoni, Modesti... Y, ¡lo que 
son las casualidades! quien no estuvo tan 
bien, fué precisamente... il Migliore! 



p, 



rograma de ayer : Cavalleria Rusticana 
por la Denunzio. Esta actriz es aun muy joven: 
tiene apenas diez y nueve años. Alta, esbelta, 
con un rostro original y gracioso, iluminado 
por el fulgor de unos ojos negros, especialmen- 
te grandes, desde el primer momento se hace 
simpática alpúblico por su juventud y su belle- 
za. La voz es expléndida: voluminosa, fresca, 
bien timbrada; descuella sobre todo en las 
notas centrales y bajas, pues las agudas, — tal 
vez por falta de desarrollo que solo conceden 
varios años de ejercicio — son algo débiles 
comparadas con aquéllas. Como cantante, la 
Denunzio hace honor á su maestro Statiesi. 
Tiene sin duda que estudiar mucho todavía 
para llegar á la absoluta perfección, pero ya 
se hace oir con gusto y aplaudir con entu- 
siasmo, pues lo que ya sabe le basta para ma- 
nejar con facilidad su voz incomparable y 



— 146 — 

para sacar de ella soberbios efectos. Agregúe- 
se á esto que la Denunzio, — apesar de hacer 
recien su segundo teatro — pisa en la escena 
con bastante seguridad y desenvoltura, que 
muestra poseer, desde ya, la intuición de los 
grandes efectos dramáticos y que dice la fra- 
se musical con gusto y sentimiento, y sacare- 
mos en consecuencia que la debutante de 
anoche es un pichón de celebridad que muy 
pronto remontará el vuelo para llegar á incal- 
culable altura. 

Acompañaba á la Denunzio el tenor Salto, 
que se conquistó las simpatías generales des- 
de la Siciliana, cantada con gusto y arte á la 
vez, y afirmó en toda la ópera el buen con- 
cepto que el público se formó desde un prin- 
cipio respecto á sus condiciones de cantante 
y de intérprete. Salto es un artista en to- 
da la acepción de la palabra, cortado por el 
mismo patrón de Stagno, á quien se pare- 
ce en muchos detalles. La voz no es muy 
poderosa, pero es, en cambio, agradable y 
simpática en los ti •< Los agudas, 

particularmente, son bellos y bien timbra- 



— 147 — 

dos. Salto posee buena escuela, canta con 
gusto y frasea acentuando de un modo ad- 
mirable. Pero en lo que más se distingue 
es en la interpretación dramática. Anoche 
hizo un Turiddu nuevo, completamente ori- 
ginal, completamente suyo: una verdadera 
creación. En más de un detalle demostró 
el tenor que tiene un talento positivo y 
grande. En íin: nos parece que la interpre- 
tación de Salto en Cavalleria puede rivali- 
zar con la de Oxilia, y con eso está dicho 
todo. 

Fueron estruendosamente aplaudidos ano- 
che, en la ópera de IWascagni, la Siciliana, 
el final del preludio, la ftreghiera, el rac- 
conto de Santuzza, la entrada de Lola, 
la escena entre Santuzza y Turiddu, (dos 
llamadas), el dúo entre Santuzza y Alíio 
(una llamada), el intermezzo (que fué repe- 
tido), el brindis y la despedida de Turiddu. 
Al final de la obra, el público llamó á los 
artistas cinco veces. 

¡Un «bravo» á Pomo, que es á quien co- 
rresponden los lauros de. la. gloriosa jorna- 
da artística de ayer! 



mm& m cibils 



^V^ué comedia la de anoche! iQuó nove- 
dad, qué interés, qué gracia en esa entrete- 
nida producción de Miguel Echegaray! La 
Credencial es una joya, y de las que á mí 
me gustan: brillante de primera agua en 
modernísima montura, en primoroso y cin- 
celado engarce. Puede rivalizar y rivaliza 
con las obras más sonadas del repertorio 
español, pues pocas podrán ostentar más 
esplendores en el verso, más originalidad 
en la estructura escénica, más verdad en 
los caracteres. Lo que más me seduce en La 
Credencial es ese fondo de realismo univer- 
sal, diré así, que hace de ella una comedia 
de oportunidad para todos los climas y to- 
dos los países, á tal punto, que las frases 
alusivas á España y su política, eran aplau- 
didas anoche con tanta espontaneidad y en* 
tusíasmo como sí aludieran á nuestros hom- 



- 152 — 

bres y á nuestras cosas. Y no vayan á creer 
ustedes que la obra es un panfleto cargado 
de insolencias ó una acerba diatriba contra 
los que mandan: lejos de eso. Es pura y 
simplemente un estudio sobre la vida y las 
tribulaciones de un alto funcionario acosado 
por la jauria hambrienta de los aspirantes, 
de los pedigüeños y de los desvergonzados! 
Si quieren Vds. darse una idea exacta de 
los tormentos que sufre un Ministro de Ha- 
cienda, tanto en España como aqui, bajo 
un aguacero continuo de súplicas, de pre- 
tensiones y de exigencias, vayan á ver la 
obra extrenada anoche en cuanto se repita, 
(que se repetirá), y conocerán unas cuantas 
cosas reales, que tal vez nunca se han ima- 
ginado respecto á lo que soportan y á lo 
que aguantan muchas veces, esas pobres 
víctimas que con título de Excelencia se 
hallan amarradas al potro de un Ministe- 
rio! 



Pocas veces como anoche he visto aplau- 
dir tanto y con tanta frecuencia en una 



- 153 - 

obra dramática. Hubo escenas que el pú- 
blico interrumpió seis ó siete veces con pal- 
moteos estruendosos. Y el de anoche no era 
un público de tres al cuarto: había en el 
teatro bastante gente, y toda muy selecta, 
muy pschutt y muy comme i l fant. Si Vds. 
me preguntan ((¿Cuántos?)) les diré que se- 
ríamos unos trescientos; si me preguntan 
«¿Quiénes?» contestaré alineando apellidos: 
De la Rica, Moreno, Heguy,.. Pero no: para 
qué?. . . i Si estaba todo Montevideo!. . . Pues 
bien: ese publico proclamó anoche que si la 
comedia era deliciosa, la compañía era punto 
menos que excelente, por homogénea, por 
empeñosa, por bien ensayada. Pensaba yo, 
para mi coleto, viendo lo bien que salía el 
segundo acto de la obra, lo contento que 
se habría puesto el buen Diderot, si senta- 
do como yo en cómoda butaca hubiera po- 
dido gozar de lo que él consideraba inten- 
sísimo placer artístico, es decir, del que 
produce la buena interpretación de una buena 
comedia por buenos actores. 

Y cuenta que no abulto las cosas, porque 
afianzarán y corroborarán lo que afirmo loa 



- 154 - 

que ayer aplaudían á mi alrededor, tan entu- 
siasmados como yo, sino más. Ellos dirán que 
Galo estuvo inimitable, igualmente feliz para 
provocar el enternecimiento y la risa; que Pra- 
do hizo toda su parte con una naturalidad 
perfecta; que liaza tuvo momentos de verda- 
dera inspiración cómica... y ¿qué más?... ¡ah! 
que la Echevarría mostró la hilacha de una 
gran actriz, en la escena culminante del ter- 
cer acto, haciendo asomar más de una lágri- 
ma indiscreta á ojos que, como los míos, tie- 
nen hecha profesión de fé de no llorar. . En 
verdad, en verdad os digo, queridos lectores, 
que la Echevarría, traducida al francés, tras- 
plantada al teatro que es por excelencia el de 
la natural distinción, de la gracia elegante, 
y de la sencillez patética, haría tanto ó más ca- 
mino que muchas de campanillas que ahora 
figuran. (Conste que no me refiero á Sarah 
Pcmhardt. jSapristi!) 



Perseverando en su plausible propósito de 
ciarnos á conocer las obras maestras del teatro 
español contemporáneo, la empresa de Cibils 



- i 5 5 - 

anuncia para hoy Lo positivo, comedia en ti es 
actos de don Manuel Tamayo y Baus, el famo- 
so y celebrado autor de El drama nuevo. La 
obra cumplió ayer treinta años justos y caba- 
les, pues se dio por primera vez el 25 de Octu- 
bre de 1862. Coincidencia ¿ch?. .. Vieja y todo» 
Lo positivo es siempre lo que dijo don Isidoro 
Fernandez Flores, «un modelo del realismo 
más simpático, y de la poesía más práctica.» 
Se trata en la comedia de una tal Cecilia, her- 
mosa muchacha que sueña con tener coche, 
palco, muchos trajes, mesa para los amigos y 
tertulia paralas amigas, y que decide despo- 
sarse con un ricacho, ostentoso y magnífico 
á quien no ama ni puede amar. Pero Cecilia 
descubre al íin que eso no es lo positivo, que 
lo positivo está en fundar la dicha de su hogar 
sobre la base de un amor sincero y profundo, 
y ella que, mientras no amaba, sólo calculaba 
provechos é intereses, es la primera en derri- 
bar desdeñosamente sus columnas de números 
cuando se le revela el corazón. El argumento 
es bonito, es interesante, es moral; en cuanto 
ni estilo, la prosa de Lo positivo es célebre: 
«prosa nieta de Moratin» la llama un crítico. 



- i 5 6- 

¿Todos esos méritos serán bastantes para lle- 
nar el teatro esta noche? Por mi parte deseo 
que haya la gente que se merecen la obra y sus 
interpretes, y no será más que justicia que en- 
contrando el público satisfacción y deleite en 
Lo positivo que sube á la escena, encuentre la 
empresa provecho suficiente en lo positivo que 
entre en las cajas de boletería. 



IV ran las diez y media, cuando concluyó 
la fantástica exhibición de cuadros, trajes y 
mujeres del I-Thea-Zi. Sin detenerme á es- 
cuchar las discusiones entabladas en el ves- 
tíbulo del teatro acerca del mérito compara- 
tivo de las dos primeras bailarinas, (una de 
las cuales, — la de rango francés, — me ha re- 
cordado á la Limido, en el modo de res- 
balar, de deslizarse, como un pétalo de rosa 
arrastrado por un soplo de brisa), — salí á la 
calle y me precipité en un coche, dando or- 
den al automedonte de que me llevara á 
Cibils. Llegué cuando comenzaba el cuarto 
acto, el de la muerte de Federico Viera, y 
el del verdadero desenlace del drama, de 
manera que la transición del ensueño en 
que vagaba mi espíritu á la noción clara 
y evidente de la baja realidad, fué demasiado 
brusca y en cierto modo dolorosa. La prosa 



- 158 3 

de Pérez Galdós fué para mi mente aca- 
lorada con las fantasías del I Thea Zi, lo que 
una ducha fría para el cuerpo caldeado á 
la alta temperatura de un baño ruso. Me 
gustó el acto y aplaudí á la picara de Augus- 
ta y al calaveron de Viera y al bondadoso 
Orozco, y me fije en que la concurrencia com- 
prendía más de lo que yo esperaba, y me 
alegré por ella, y por Galdós, y por los ar- 
tistas. También es verdad que el acto con- 
cluye con un pistoletazo, y que los públi- 
cos siempre entienden esas cosas. Pero em- 
pezó el último acto, y vino el famoso diá- 
logo entre la conciencia de Orozco y la de 
su mujer, y encarándome mentalmente con 
el público, le dije: «Aquí te quiero ver, esco- 
peta! A ver si entiendes estas metafísicas!» 
Qué había de entender! Niquis: ni una jota. 
Al final de la obra, después de la sublime 
invocación de Orozco, la gente dio cuatro ó 
cinco palmadas por compromiso é hizo mu- 
tis rápido por el foro. 

También, al diablo se le ocurre poner en 
escena nada menos que una tesis ideológica 
en que salen á bailar, como en un tratado 



de Kant, el Yo y el No yo, con personajes 
que hablan de «cultivar la vida interior» 
como lo haría Mauricio Barres, el que ha 
inventado últimamente Le cultive da (Mói y 
otras lindezas psicológicas del mismo géne- 
ro. Eso está bueno para un público de cate- 
dráticos de filosofía, y aún así mismo... ha- 
brá muchos que se quedarán en ayunas. El 
tipo de Orozco es grande, demasiado grande 
tal vez para los estrechos límites en que se de- 
sarrolla nuestro teatro contemporáneo, y 
tiene además un gravísimo defecto: que no es 
real. Existe sólo en las novelas de Barres, y 
Galdós ha sacado evidentemente la levadura 
de ese extraño carácter de SousV oeil des Bar- 
bares ó de Un homme libre. No le hagamos 
cargo por eso. «Todo hombre es hijo de al- 
guien» se dice el imbécil de Brid'oison en el 
ÜVÍatrimonio de Fígaro y parafraseando esta 
perogrullada, podemos decir que en el mundo 
ele las letras, como en el mundo de los hom- 
bres, no surge nada por generación expontá- 
nea: toda idea es hija de otra idea. Orozco 
es hijo natural de un personaje de Mauricio 
Barres, es cierto. Pero ¿qué hay con eso? El 



— i6o — 

personaje de Barres le debe á su vez la vida á 
un pensamiento de Cariyle, y ¡quién sabe de 
quién heredó Cariyle su pensamiento! No pue- 
de vivirla vida de la Idea, como no puede vivir 
la vida de la carne, quien no sabe asimilar 
ni degerir, ni quien rehusa tomar parte en 
escftic-nic democrático de las inteligencias, 
en que cada cual, con tal de que aporte al 
banquete algo propio, tiene el dereho de 
probar de todos los platos y de meter cucha- 
ra en todas las luentes. 

Pero advierto que estoy hablando como un 
pedagogo, y que se me ha ido la muía á pacer 
en los campos floridos déla imagen y de la me- 
táfora. Es hora ya de que abandone la fantasía 
para volver á la baja realidad délas cosas. Y la 
baja realidad de las cosas en este instante es que 
para mí ha sonado la hora del almuerzo, y que 
con estos escarceos literarios se me ha abierto 
el apetito. ¿Quieren ustedes almorzar conmigo? 
Mezclaremos á la realidad, á la prosa del menú 
ordinario, la fantasía, la poesía de las cosas 
nuevas, delicadas, que dejan en el paladar un 
perfumado recuerdo. Hace días que tengo an- 
tojos de comer fresas á la créme de Chanti- 



- IÓI — 

lly... no crean ustedes que por gula, sino co- 
mo un homenaje á la memoria literaria de ese 
pobre Monselet, que las adoraba. Charpentier 
las prepara de un modo exquisito. Vamos ¡aní- 
mense Vds! En route, ftoar la Rotisserie! 



BAILES 



iY 



amos, muchacho!» di jeme anoche al sa- 
lir de CTsa y pisar la acera. — «¿Qué es lo que 
prefieres, pan ó caldo: el ensayo del baile de 
mañana, ó la segunda representación de 
Realidad?... Y como el del cuento, me 
contesté: «Sopas!», con el mayor desparpa 
jo del mundo. Pasaba un coche; chisté al 
auriga; paró, subí. «Al Politeama!» grité, 
dando un f>or¿e%uela%o. — Un cuarto de hora 
después me hallaba muy cómodamente insta- 
lado en un palco, esperando que comenzara la 
ftrova. Había en la platea más de doscientas 
personas que hacían cosa idéntica, y que 
conversaban alegremente en la penumbra de la 
inmensa sala, alumbrada escasamente por los 
ocho picos de gas de la riballa. Por fin el 
maestro Galeani se encaramó en su puesto, 
tomó la batuta y dio la señal sobre el atril. 

No es mala, la música del / Thea-Zi. Es 
juguetona, es vivaz, es bonita; dramática unas 



- 166 - 

veces; otras, sentimental. No diré que es nueva: 
¡líbreme Dios! Seria un embuste más grande 
que una catedral. Tiene de todo y de todos: 
es una mixtura de Gioconda, Africana. Tro- 
vador, Fausto, Caballería, y ¡qué sé yo qué 
más! hecha por quien debió ser sastre antes 
que músico, por lo bien que zurce remiendos 
é hilbana retazos. Como el héroe del romance 
de Qucvcdo, puede el autor de la partitura 
de anoche llamarse «el menor padre de to- 
dos — los que hicieron ese niño», pues le dis- 
putarán la paternidad Yerdi y Meyerbeer, 
Ponchieli y Mascagni, Boito y Gounod. Hasta 
Wagner iasómbrense ustedes! tiene derechos 
sobre la criatura, que, en ciertos momentos, se 
dá cierto airea Lohengrirt. Como es natural, 
á mi me ha parecido muy bien la cosa, que 
más vale música vieja, grande cruc, de cosecha 
célebre, que esas melodías de pacotilla que 
se parecen á los vinos nuevos, en que sin te- 
ner gusto á maldita la cosa, aturden y amodo- 
rran en un periquete. 

Un plateado golpe de luz eléctrica, enviado 
desde el fondo de la sala, iluminó la escena en 



— 167 — 

cuanto se levantó el telón, y héteme ya trans- 
portado al mundo de los ensueños y de la fan- 
tasía.- No sé cuál es el argumento del I 
Thei-Zi, ni me importa, pero sé que el baile 
está admirablemente puesto en escena. ¡Qué 
decoraciones! ¡Qué trajes! ¡Qué bailarinas! (Me 
refiero á las dos ó tres que hay bonitas, por- 
que las otras no legitimarían mi admiración.) 
El espectador, encantado y absorto, vé reno- 
varse ante sus ojos, en rápidas visiones, los 
sueños que acaricia la imaginación infantil, 
cuando Pcrrault ó Anclersen la excitan con el 
relato de esos mundos fantásticos en que ha- 
bitan los genios y las hadas. Jardines mara- 
villosos, como los que vio Aladino, con flores 
de diamantes y frutas de rubíes suspendidas 
en árboles extravagantes; mansiones celestes 
con amplias columnatas sobre alfombras de 
nubes y coronadas por magnífica y dorada 
irradiación de sol: criptas subterráneas, en 
que, bajo fantásticas bóvedas de blancas 
estalactitas, hace irrupción la llamarada 
lúgubre de los fuegos infernales, mostrando, 
entre las densas espirales de humo, la pa- 
vorosa visión de los engendros satánicos; gno- 



— i68 — 

mos, murciélagos, sierpes, hidras y dragones; 
paisajes encantados, cuyos árboles, á una se- 
ñal, se doblan sobre sus troncos, y- juntan 
sus ramajes para formar mágicos puen- 
tes, que abren pasoá la turba juguetona y 
alegre de las bailarinas; monstruos que apa- 
recen y muebles que desaparecen; enjambres 
de m ariposas; legiones de guerreros; rami- 
lletes de animadas ñores; cónclaves de dio- 
ses; turba multa de brujas y demonios; 
aparición de abejorros y de zánganos, — todo 
eso y mucho más contiene el baile de esta 
noche, que, como se vé, abarca no sólo las 
cosas de este mundo real y positivo, sino tam- 
bién las del otro, mucho más grande, de la 
imaginación y de la fantasía. En el / Thca Zi 
puede decirse que hay de todo, como en bo- 
tica: encierra «el Universo y sus arrabales», 
como dicen en Caramelo. 

A todo esto no he dicho lo más intere- 
sante: no he hablado de las mujeres. — jCo- 
sa extraña! Esta vez el cuerpo de baile sabe 
bailar! Se compone de diez y seis señoritas, 
entre las cuales hay bonitas, regulares... y 
feas. Es triste decirlo.... pero es verdad. 



Tengo observado que la bailarina que tra- 
baja, que gasta sus fuerzas danzando de noche 
y ensayando de día sus piruetas, sus zapatea- 
dos^ sus entrechats, adquiere á la larga una 
predisposición al raquitismo, que no armo- 
niza con el ideal que me he formado de la 
belleza femenina. La pobre adelgaza, se con- 
sume, se empequeñece; pierde en carnes y 
gana en huesos; trueca sus pantorrillas autén- 
ticas por apócrifos rellenos de algodón en 
rama. Sin embargo, no todos son de mi pa- 
recer. Opiniones autorizadas en la mate- 
ria, sostienen que es preferible la esbeltez, la 
gracia y el donaire en una danzante, á los 
encantos puramente físicos, y á las cualida- 
des... ¿cómo diré?... macizas. Es cuestión de 
gustos, y, sobre todo, no hay porqué ser de- 
masiado exclusivo en estas cuestiones. Yo, 
por ejemplo, comprendo toda la belleza de 
una sonrosada silueta femenina tan vaporosa 
eomo los albos tules en cuyas transparencias 
se envuelve, lo que no impide que me guste 
mucho ese otro tipo de la mujer sólida, musa 
inspiradora de las canciones de Pradels y de 
los cuentos de Armaiid Silvestre. La Cristi- 



— 170 — 

no, por ejemplo, que desempeña el papel de 
protagonista en el baile de esta noche, es de 
las que me llenan. Bel fte~~o di donna! como 
dicen los italianos. Es una especie de indem- 
nización por cuenta de la magrura de sus 
compañeras. Cierto es que está sometida á 
régimen distinto, y que la Cristino no es 
bailarina, sino mima, y ustedes, por legos 
que sean en estas materias, no ignorarán 
que esta profesión es mucho más descansa- 
da que la otra. En ella no se pasan agita- 
ciones, trabajos ni cansancios^ la artista hace 
su fortuna con ser bonita y con saber... 
mimar. jDigo! Me parece que es lo menos 
que se le puede exigir á una mima! 



N 



o hay en el nuevo baile ni castañuelas, ni 
mantillas terciadas, ni guitarreo jacarandoso, 
ni alegres estudiantinas, ni seguidillas pi- 
cantes, ni siquiera reminiscencias de las már- 
genes del Genil y del Darro. En una palabra, 
el baile no es español. Por qué se llama Lola, 
entonces? Eso es lo que me estoy preguntan • 
do desde la otra noche, sin poderme dar 
una contestación satisfactoria, y con un poco 
de mal humor, porque confieso que me hala*- 
gaba la idea de ver en la escena un retazo 
de Andalucía , de esa Andalucía de los cua- 
dros de Clemente, con casas blanquísimas 
que se destacan sobre el azul fuerte del cie- 
lo, con naranjales cargados de amarillos fru- 
tos, con enredaderas, y parras, y rosales,y 
madreselvas trepadoras, que sirven de magni* 

dosel á la turba alborotada d$ los gíta* 
fifi. 4 || ?$n$| {foQg&gti 



y á los grupos pintorescos de bandidos, 
toreros y contrabandistas. Como ustedes ven, 
no aspiraba a la España auténtica; me 
contentaba con esa España artificial de 
Dumas y Próspero Merimée que tan deliciosos 
cuadros ha suministrado ya á la escena 
contemporánea. Pero... ¡ni esa! El nuevo 
baile encierra una usurpación de* nombre, 
y así como el personaje del cuento de Alar- 
con se preguntaba, entre curioso y preo- 
cupado: ^¿Porqué era rubia?,» vuelvo a 
preguntarme ahora, no menos curioso y 
preocupado que él: ((¿Porqué se llamaba 
Lolah) 

Supongo que ustedes conocen el argu- 
mento del baile y me ahorro su relato 
en extenso. Lola es una campesina sicilia- 
na, de la cual se apoderan unos pira- 
tas, llevándosela á Túnez, ó á Argel ó á 
cualquier otra de las madrigueras clásicas, 
en que buscan refugio semejantes bandidos. 
Un tal Manuel, novio de la muchacha, rea- 
liza la segunda edición de los trabajos de 
Hércules para dar con Lola, arrancarla á sus 



— 173 — 

opresores y llevársela de nuevo á Sicilia,' 
donde (como sucede siempre en dramas, 
comedias y bailes), se casa con ella. Esta 
trama, tan sencilla como vieja, da pretesto á 
un constante cambio de magníficas decora- 
ciones, á una inusitada exhibición de ricos 
trajes, y á variadísimas combinaciones co- 
reográficas. Es muy bonita la música que 
las acompaña, aunque está un tanto recar- 
gada de inútiles explosiones de sonoridad, 
que á la larga cansan y molestan. Pero jbahl 

Eso ¿qué importa? EL estruendo es, preci- 
samente, una de las cualidades de la música 
de baile, porque el estruendo estimula la 
vida, da mayor intensidad al goce, y actúa 
poderosamente sobre los centros nerviosos. 
Desde que Haller descubrió que el redoble 
de un tambor aceleraba la salida de la sangre 
por la abertura de una vena, me son simpáti- 
cos los trombones, el bombo y los platillos. Y 
aun cuando me rompan el tímpano, consué- 
lome al pensar que secundiim Haller debo 
estar gozando científicamente de una mane- 
ra estupenda, («Como siete chivos barbudos», 



diría Dalmiro Costa, el hombre de las frases 
originales y espresivas). 

Pero, apesar de que la música del maestro 
Galcani es casi tan bonita y tan inspirada 
como bulliciosa, no constituye, ni con mu- 
cho, el atractivo, mayor del nuevo baile. El 
éxito estruendoso que Lola ha obtenido es- 
triba, principalmente, en dos cuadros es- 
cénicos, en dos hermosas decoraciones, no- 
tables, no solo como obra pictórica, sino 
también como elocuente manifestación de 
los progresos que día á dia hace la mecánica 
del teatro. Noche á noche se llena el Politea- 
ma de público que se costea á presenciar 
la travesía de un convoy de ferrocarril sobre 
un puente colgante, y el naufragio de un 
buque de dos mástiles, en un mar rugiente, 
agitado por la borrasca. Bien sé que más 
ele uno se escandalizará al ver que un telón 
bien pinttfdo tiene más atractivos para U 
multitud que un lento comedia ó una 

ópera inspiradísima, pero ¿qué se le I 
hacer?,.. La verdad es la verdad y los hechos 
son los hechos, Los que pretenden demos- 



mac iones rápidas y brujerías escénicas, sor 
buenas y agradables tan solo para imagi- 
naciones infantiles, dan, con esa teoria, la 
explicación más completa del fenómeno que 
apunto, porque, al fin y al cpbo, ¿qué es 
ese juez supremo tan imponente y tan temi- 
do que se llama público, sino un gran niño 
terrible, tan caprichoso como candido, tan 
exigente como confiado? ¿Qué extraño es 
que se deslumbre con un efecto... de pers- 
pectiva y se apasione por verdaderos jugue- 
tes como la locomotora y el vapor de ruedas 
que aparecen en Lola? El público no saldrá 
nunca de su eterna infancia, y la prueba 
está en que hace mil nuevecientos años era 
como es ahora. Ya lo dominaba el amor 
por la escenografía, si hemos de estar á 
lo que ha dicho el viejo Horacio, queján- 
dose de que el teatro de su tiempo entrara 
más en el público ((por los ojos que por 
los oídos». 

¿Confesaré mi debilidad? Los efectos de 
decorado me gustan mucho; me entusias- 
man cuando, como en Lola, significan un 



esfuerzo ira llevar á ia escena el rea- 

lismo en la imitación de la naturaleza. Es- 
ta aun muy atrasado el arte escenográfico, 
para que no deban mirarse con ínter 
hasta con simpatía sus manifestación 
sus tentativas de pr Hay que leer el 

capítulo de Zola sobre las deficiencias del 
decorado moderno y las obris de Tarlet, 
Garnier ó Monjarrés sobre mecánica teatral, 
para dar su valor positivo á decoraciones 
como la de la te id, que aplaudimos 

anoche. No consiste su mérito en la pintu- 
ra de las telas, sino en otras circunstancias 
muy complejas, que entran á la vez en el 
dominio de la estética y de la ingeniería. 
Asi, por ejemplo, Zola aplaudiría esa deco- 
ración, porque es, en lo posible, una repro- 
ducción exacta y verdadera de las cosas rea- 
les, y Garnier la elogiaría, porque se aparta 
¡etamente del sistema consagrado de 
dividir la escena en planos distintos, por 
i de bastidores ó rompimientos, y de 
r el mar por medio de bandas parale- 
tendidas de lado á 
■ 



fingir el movimiento de las olas en el pri- 
mer término, por medio de una espiral 
giratoria, que presenta, sucesivamente, en 
rápido volteo, la parte cóncava y la cresta 
espumosa de aquellas, imitando al mismo 
tiempo el sordo rumor de la resaca. El 
mérito de estas cosas solo es apreciado de- 
bidamente en la sala del teatro, por aque- 
llos que son, como quien dice, de la casa, 
por los que conocen el trabajo que deman- 
dan y el dinero que cuestan, por los que 
viven la vida de entre bastidores y no te- 
men respirar el polvillo tenue que se des- 
prende de las altas bambalinas, y se aventu- 
ran, con tal de comprender los secretos del 
mecanismo escénico, por el incómodo piso 
del emparrillado, aun á riesgo de caer desde 
las alturas máximas del teatro á las pro- 
fundidades máximas del foso; y finalmente 
por los que conocen cómo se manejan los 
tambores, y cómo se arregla el cordaje, y 
cómo se disponen los practicables, y cómo 
se distribuye la luz de las ¡tersas, y cómo 
se arman en un santiamén los entarimados. 



— 178 — 

y cómo se opera en las mutaciones, y cómo 
sin la ayuda de Eolo se hace silbar á los 
vientos, sin la de Neptuno se hace encres- 
par a las olas y sin la de Júpiter se dis- 
pone del bramido imponente de los truenos 
y de los cárdenos fulgores del rayo. 

Lo repito: Lola merece verse, como cons- 
tatación de lo que en el día puede hacer la 
mecánica teatral. — No se ha adelantado mu- 
cho en cuanto á explendor, sobre los tiem- 
pos en que Cayus Pétreius exhibía al pú- 
blico romano una decoración de oro, ni en 
cuanto á artificio sobre la maravillosa mis 
en scefte del baile Miramis, que Richelieu 
ofreció en 1641 á Ana de Austria, ni en 

cuanto á grandiosidad sobre el espectáculo 
soberbio de L 'Arimene de Montreux (en el 
cual, entre paréntesis, aparecía también un 
mar móvil y en él dos escuadras, que sos- 
tenían durante largo rato reñido combate). 
Sin embargo, el progreso existe en esto co- 
mo en todas las cosas, porque antes seme- 
jantes exhibiciones se veían una vez cada 
siglo, y ahora se ven noche á noche; antes 



- 179 - 

costaban millones al potentado que quería 
recrearse con ellas y ahora están al alcance 
de todo el mundo, pues sólo cuestan los 
modestos quince reales que cobran en la bo- 
letería del Politeama. 



p. 



ara hacer la crónica de Wanda, se nece- 
sitaría la pluma encantada y encantadora de 
Teófilo Gautier, el gran intérprete de lo 
pintoresco y e) sublime colorista de la frase. 
Ninguna otra podrá describir, ni esbozar si- 
quiera, las maravillas de ese nuevo baile, que 
á cada paso entra en los dominios de la fábu- 
la, del capricho y de lo fantástico. — Pasa la 
acción en Polonia, el país más indicado en el 
teatro para obligada radicación ele cosas ab- 
surdas y detalles inverosímiles. Por lo que yo 
he sacado en limpio del argumento, Wanda es 
una polaquita recien casada, algo alegre de cas- 
cos, que se escapa con un tal Wladimiro, y sa- 
le á recorrer el mundo en viaje de recreo, em- 
barcándose en uno de los vapores rusos, que 
hacen escala en Varsovia. Algún ignorante 
sostendrá que esto último no es posible desde 
que Varsoviano es puerto de mar, ni mucho 
ícenos, pero á eso respondo o^ue la geografía 



— l82 — 

especial del teatro no se estudia ni en Lctroil- 
ne ni en .Malte Brun, sino en Calderón de la 
Barca que inventó los puertos de Polonia, y 
en Shakespeare, que inventó los de Bohemia. 
El vapor en que viajan los amantes se hunde 
en el mar, y mientras que Wladimi; 
tretiene en visitar, como cualquier flemático 
tourhle ingles, el fondo de las aguas, Wanda 
llega milagrosamente á las playas de la India, 
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿I?or cuáles niedios? No lo 
sé, ni me importa, Lo cierto es que después 
de mil y mil peripecias, merced ¿i la interven- 
ción tan oportuna como benigna de una lia- 
da, los amantes vuelven a encontrarse, y el 
baile termina dejándoles tan contentos como 
felices, y supongo que haciendo risueños co- 
mentarios sobre la suerte del pobre marido 
de Wanda, que antes de probar un solo 
bocado ele la luna de miel, se quedó ¡el po- 
breciío! á ia luna d¿ Valencia. 

Con motivo de la excursión fantástica de 
Wanda y Wladímíro por arriba y por de- 
bajo de las aguas, más extraordinaria «ín 
rilguna qiv ayf han 



dcscrito'Cyrano de Bergerac, Edgardo Poc 
y Julio Vcrnc, — Ansaldo ha inventado y 
dispuesto una serie de mutaciones escénicas, 
que son, indudablemente, lo mejor de lo 
que he visto en su genero. Lo que más me 
sorprende en los cuadros de Ansaldo, es la 
rapidez con que se transforman á la vista, 
sin la intervención, tan generalizada* aun 
en los grandes teatros, de ese telón de re- 
curso que en la jerga especial del escenario 
tiene por denominación una palabra dema- 
siado fea para que me atreva á emplearla 
aquí, á pesar de que Bretón de los Herreros 
la ha utilizado más de una vez en algunas 
de sus comedias más pulcras y más hermo- 
sas. Ansaldo es, sin duda alguna, un esce- 
nógrafo habilísimo, y aunque he leído al- 
gunas obras de ingenieros especialistas so- 
bre mecánica teatral, debo confesar que 
me ha sorprendido, y que su manera pre- 
cisa . segura y casi instantánea de operar 
en ciertas transformaciones del decorado, 
es cosa que, en verdad, «no estaba en mis 
libros». Lo más notable de Wanda, en esa 
materia, es la triple mutación del cuadro 



*— 184 ** 

séptimo. Aparece primero una aldea* india, 
recostada en la vertientes del altivo Mima- 
laya, y envuelta en la espléndida y lujosa ve- 
jctacion de los trópicos. Allí los cactus, 
y las palmeras, y los manzanillos ponzo- 
ñosos, y las lianas, y las enredaderas, y 
esas inmensas y vistosas flores de Java, que 
según los naturalistas enloquecen al im- 
prudente que aspira su penetrante perfume. 
Todo es tranquilidad, reposo y silencio bajo 
la amplia y ardiente caricia del sol, en la 
hora en que "solo zumban los insectos, en que 
los grandes reptiles salen á caldearse al borde 
de los caminos, y en que los tigres, vencidos 
por el calor, se echan, amodorrados, á la 
sombra de los juncales y al borde de las 
aguas mansas. — Repentinamente surge el 
incendio en las chozas de la aldea; densa 
columna de humo se eleva dibujando en los 
aires negras y caprichosas espirales que cu- 
bren el fondo del teatro. Apenas se disipa 
un tanto la nube, cuando hacen explosión las 
grandes llamaradas que se lanzan, trepando 
por las paredes, hasta los pajizos techos, para 
encaramarse más tarde á los arboles, enros- 



- i8$ -= 

candóse en sus añosos troncos, que se retuer- 
cen, y crujen, y se cimbran doloridos al sen- 
tir el ardiente contacto. Sobre el fondo rojo 
del horizonte iluminado por los fulgores del 
pavoroso incendio, se destaca la aldea, como 
un montón de ascuas; las paredes se desmo- 
ronan; los techos se derrumban con estré- 
pito; el voraz elemento ha triunfado en toda 
la línea. El cuadro es tan vivo, tan real, 
tan verdadero,* que el espectador cree sentir 
el vaho caliente de aquella inmensa pira. 
Pero "oh milagro de la escenografía moder- 
na! A una señal, todo aquello desaparece: 
el ílimalaya se convierte en inmenso tém- 
pano de hielo, las verdosas aguas polares 
cubren la planicie incendiada, y la selva 
tropical se transforma en vastos montones de 
nieve, de entre los cuales surge una legión de 
focas y ele osos blancos. ¡Brrrl ¡Qué frío! 
Por un curioso fenómeno de inducción psí- 
quica, el espectador comienza á tiritar, y 
como recien sudaba con el calor del incen- 
dio, no es extraño que, — como me sucedió 
anoche, — concluya por constiparse en serio 



— 1 86 — 

y por molestar á sus vecinos con frecuentes 
y sonoros estornudos. 

Hermosísima es también la decoración que 
representa el fondo del mar. Arriba, el agua 
trasparente y límpida, brillando al sol con 
plateados reflejos; abajo, una caverna som- 
bría, cuyas rocas vestidas con el verde traje de 
las algas y ciclos liqúenes, toman un colorido 
incierto y misterioso á la pálida luz que se in- 
filtra á través de las olas. Allí es donde realiza 
la madrépora su paciente trabajo que dura si- 
glos; allí, donde el coral levanta sus rosa- 
dos monumentos de forma arborescente; allí, 
donde nace y crece la perla, encerrada entre 
nácares, en las concavidades más recónditas 
de la piedra. Es también el país de los mons- 
truos, porque á través de las aguas tranqui- 
las se ven pasar delfines y tritones, caballos 
marinos, arañas horripilantes y pulpos gigan- 
tescos que estienden, amenazadores, sus po- 
derosos tentáculos. Nada más bonito y me- 
jor dispuesto que este cuadro completado por 
la danza de la sirenas, y por la aparición de 
la Hada del mar. Es Irene Lovati, que desde 
el fondo de la escena, avanza en elásticos sal- 



- íH 7 - 

tos, hasta las luces del proscenio, con los bra- 
zos graciosamente doblados por encima de la 
cabeza, para hacer valer la irreprochable pu- 
reza de lineas de su cuerpo esbelto y elegante, 
digno, en un todo, de la Diana antigua. Al 
son de una música divina inicia un baile ori- 
ginal y caprichoso, cual si en un momento de 
buen humor infantil sintiera ansias de lo- 
quear como sus compañeras las sirenas, desli- 
zándose en medio de las aguas violáceas, y 
bañándose en los plateados fulgores de la luz 
eléctrica. Y danza; danza como una de esas 
Willis incansables de que nos habla Heinc, con 
la mirada perdida en el espacio, y, sumida en 
dulce éxtasis, entrecierra los ojos que parecen 
dos grandes esmeraldas transparentes «engar- 
zadas enflebre>> ? mientras deja asomar á sus 
labios esa gorda sonrisa, que, según Gon- 
court, es el mayor encanto de las lindas bo- 
cas italianas. En verdad te digo, lector ama- 
ble, que en ese momento Irene Lovati posee 
dos atractivos de irresistible efecto en el arte 
al cual se dedica: la Hermosura y la Gracia,... 
(Y aquí debe hacer constar,— para prevenir 
maliciosas suposiciones — que al decir lo que 



— iS8 — 

lie dicho sobre la Lovati, sólo me ha inspira- 
do la más estricta justicia, pues siempre que 
me veo obligado á ocuparme de artistas con 
polleras, en mi humilde condición de cronista 
y de revistero, adopto la precaución moral de 
Horacio: inmea virtute mcinvolvo.) 

El baile termina con un espectáculo digno 
de los cuadros ya descritos. La danza final de 
las flores es de un efecto tan original como 
grandioso. Aquella explosión de una flores- 
cencia repentina, que llena la escena de vivi- 
dos colores, sorprende y encanta al mismo 
tiempo. Renuncio á hacer una descripción que 
resultaría pálida y que alargaría inútilmente 
este articulo ya por demás pesado, dándole 
proporciones inconvenientes. Quien desee sa- 
ber lo que es aquello, vaya al Politcama, 
vea y disfrute y después me dirá si la co- 
sa vale la pena ó no. De mí sé decir que 
fué tan grande el deslumbramiento, tan 
poderosa la impresión recibida, que al sa- 
lir del teatro miré al cielo, profusamente 
tachonado de estrellas, y por primera vez 



— 189 — 

en mi vida, me pareció que era un mezquino 
espectáculo el de aquellos soles brillantes 
comparado con el explendor de lo que aca- 
baba de ver. 



san mum 

(las hermanas a rana z) 



I^an Felipe, bien limpito, bien cuidado, 
con sus profusos y elegantes adornos, con 
sus numerosas luces, parecía anoche, como 
vulgarmente se dice, una tacita de plata. 
En aquella sala reducida y confortable la 
gente saluda, conversa y pasea en los en- 
treactos como si estuviera en un recibo. 
Además, anoche no había ni una sola cara 
desconocida en el teatro; estaban las perso- 
nas que se dan cita habitualmente, durante 
el invierno, los lunes en lo de Eastman y 
los viernes en lo de Roosen. El teatro, co- 
mo diría un poeta cursi, parecía un ((búcara 
lleno de las mes preciosas flores del vergel 
uruguayo)). En la platea llamaban la aten- 
ción la hermosa silueta de Chichi Castella- 
nos (et fiour canse!); los espléndidos ojos de 
Julia Villegas; la inteligente y expresiva son- 



risa cíe la China de Folie, y la frescura sin 
par de ese galano capullo de rosa bautiza- 
do con el nombre de Casilda Rodríguez. 
Empezó la función con una zarzuela en 
un acto, titulada Las Campanadas. Al co- 
menzar la obra, — habiéndose enganchado 
nna cuerda — el telón sólo subió á media 
altura, y se empeñaba en descender de nue- 
vo, á pesar de los esfuerzos del maquinista, 
como si quisiera significar que lo que seguía 
no valía la pena de ser visto. En electo, la 
zarzuela en cuestión tiene todos los lasti- 
mosos caracteres de una inepcia que se pro- 
longó durante hora y cuarto, sin un chiste 
que valga la pena, sin una situación me- 
dianamente cómica y sin mayor no< 
que la de esc eterno «hijo de boticario de 
pueblo», que figura en todas las obritai 
pañolas de este género, y que deja de ma- 
chacar en el almirez de la botica paterna, 
para venir á machacar en la paciencia de 
los públicos. Y luego: Las Campanadas no 
tiene pies ni cabeza en cuanto a argumento; 
y en cuanto á versificación la cosa es algo 



ÍNDICE 



Páginas 



29 
39 



Preludio— (A telón caído) 

Opera e/i Soto— (La Mancini-Oxilia) . . 

Drama— (La Tiozzó— Cúneo) 

La compañía Falco ni- (La B'oetti— Val vas- 

sura) ; 

La compañía Ferrari— (\,& üini— La Borli- 
netto-La Bordalba— MariaCher-Scotti— 
Ercolani) • 

Opera Barata 

Drama en Cibils . . . » 

Bailes ^ 

Saa¡ Felipe- (Las hermanas Aranáz). . . 

Ventriloquia J; * 

La PaM, Nicolini y... el perro . . . 




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